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Julián Rodríguez, responsable del espacio Zona Franca, en los medios del Grupo El Progreso.

Galicia sufrirá con el Brexit

La Xunta debe activar una agenda propia ante lo que se juegan los gallegos en Reino Unido

DOS equipos que llegan a la prórroga después de haber empatado solamente a base de goles en propia puerta. Sin que ninguno de ambos hubiera olido algo parecido a la victoria durante los noventa minutos de juego. Una diana en propia meta tras otra. Así llegan la Unión Europea y Reino Unido a un divorcio anunciado tras un absurdo referéndum celebrado en junio de 2016, cuando un 51,9% de los británicos apostaron por abandonar el barco comunitario saltando por la borda. Ante el desconcierto en cubierta, llega la hora de asomarse al mar revuelto. Y en esas aguas también se mueve Galicia, que enfila el Brexit como una de las economías más internacionalizadas de la España autonómica, lo que resulta crítico.

Primero, el ajuste fino. Tras el acuerdo firmado por la UE en lo que se puede entender como la antesala de un Brexit blando, con esa prórroga para el desempate que se establece entre el próximo 29 de marzo de 2019 y el 31 de diciembre de 2020 (un período transitorio de 21 meses), toca ahora una prueba de fuego que puede condicionar todo lo pactado, que del lado europeo es irreversible. Será el Parlamento británico el encargado de fijar posición y votar en diciembre. La salida negociada, con ese período de gracia que será clave para despejar todas las incógnitas, no está del todo clara por el lado británico, con europeístas convencidos y euroescépticos recalcitrantes, todos dentro de la melé conservadora y sus socios, y unos laboristas también divididos.

¿Y Galicia? ¿Qué pinta la economía gallega ante el precipicio al que se asoma Europa? Pues desde luego que se trata de un acantilado con vistas, tantas como residentes y empresas se ven envueltas en el proceso. Una de las voces autorizadas que esta misma semana ha abordado el asunto del Brexit para la comunidad gallega es el expresidente de la Xunta Fernando González Laxe. Ni actuar el último día, ni hacerlo a última hora, viene a decir el catedrático en alusión a una necesaria agenda gallega propia por lo mucho que nos jugamos.

Precisamente, hace menos de un mes González Laxe presentaba un informe por encargo del Consello Económico y Social sobre el grado de exposición de la economía gallega ante el marco de las nuevas relaciones entre la Unión Europea y Reino Unido. El sesudo estudio del CES aborda varios escenarios, y hace hincapié en la apertura al exterior alcanzada por Galicia. Por ejemplo, las exportaciones: la economía gallega vende a Reino Unido el 6,5% del total (1.420 millones de euros en 2017, según el Instituto Galego de Estatística). Se trata de un destino que recibe más exportaciones gallegas que Alemania, aunque por debajo de Francia, Portugal e Italia, nuestros principales clientes. Por el contrario, Galicia importa de Reino Unido solo el 1,6% de todas las compras al exterior. Está al nivel de países como Estados Unidos y por debajo de Argentina, Marruecos, México o China, por citar algunos más allá de los clásicos. Galicia vende a Reino Unido, sobre todo, textil y vehículos, que se llevan seis de cada diez euros del saldo exterior. Y compra, ya de forma algo más diversificada, pescado, hierros y acero, y aluminio. El desequilibrio llega por el lado de las inversiones. Entre 2008 y 2017, según el estudio de González Laxe para el CES, Galicia invirtió hasta diez veces más de forma directa en Reino Unido de lo que recibió de dicho país, que apenas fueron 130 millones. Reino Unido se ha convertido en refugio inmobiliario para las grandes fortunas patrias, en síntesis.

El turismo gallego apenas se resentirá con la salida del Reino Unido, sea ordenada o no: las pernoctaciones de turistas británicos en Galicia apenas representan el 1,5% del total de visitantes que recibimos. Galicia está a la cola de España, por mucho que los medios británicos cuenten las bondades de esta tierra de forma recurrente. Otro cantar son los casi 15.000 gallegos residentes en las islas. También nuestra flota pesquera, que puede ver, si no hay un acuerdo, cómo Reino Unido puede a extender a 200 millas su zona económica exclusiva y ‘chocará’ con aguas comunitarias, según Laxe. De este modo, podría expulsar a determinados buques después de las 12 millas.

Llega, en definitiva, el momento clave del Brexit. Tras la votación de diciembre y toda la presión para el Parlamento británico, puede llegar un período transitorio que será el momento de las negociaciones, de hacer valer el peso de los lobbys y de los Gobiernos, central y autonómico. Y, siempre, bajo esa cruz que supone la amenaza de que Galicia deje de recibir los próximos años los fondos europeos que, como hasta ahora, tenían el objetivo de lograr que saliéramos del furgón de cola, sin haberlo conseguirlo.

El viaje final de ida y vuelta para Alcoa
REYES Maroto es para muchos la ministra con menor peso específico en el Gabinete de Pedro Sánchez. La titular de Industria transita por el Gobierno a la sombra de Teresa Ribera, que desde el departamento de Transición Ecológica pisa firme y ha entrado de lleno en todo lo que tiene que ver con el futuro del sector energético, con especial incidencia en las industrias electrointensivas, esos grandes consumidores que tan preocupados están ahora. Pues bien, será Reyes Maroto la encargada de pilotar una especial singladura que la llevará hasta Pittsburgh, sede mundial de Alcoa. La ministra no considera un interlocutor válido, simplemente mero transmisor, a la cúpula de Alcoa en España, comenzando por Rubén Bartolomé, su CEO. Quizá tenga razón la ministra, pero en cualquier caso tampoco cabe esperar demasiado de la cumbre prevista en Pensilvania a no ser que lleve el hatillo cargado de promesas, es decir, de euros contantes y sonantes. Y en Galicia y Asturias, la ampliación del período de consultas del ERE de extinción planteado suena a apurar los días a la espera de esa subasta de interrumpibilidad a la que Alcoa presenta todas sus plantas (San Cibrao, A Coruña y Avilés), quizá con la simple seguridad de que no tiene nada que perder y siempre puede retirarse de la puja. Los inversores potenciales para Alcoa de los que tanto se habla son viejos conocidos, y no son más que los que encargaron la «due diligence» en 2016 cuando sobre la mesa estaba solo la posibilidad de vender las plantas. Esos eventuales compradores también quieren certezas por parte del regulador, y a medio plazo. A tomar nota de una vez.

Galicia sufrirá con el Brexit
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