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Vete al infierno

Tallón

En una de las tres o cuatro series que veo al mismo tiempo, esta semana escuché a alguien decir "Vete al infierno". Es una expresión muy poco excepcional. Cada vez que la oigo, sin embargo, levanto la cabeza, como en esos documentales en los que la gacela se huele la tostada y se echa a correr porque llega el leopardo. Qué sitio el infierno, y qué desconocido. No existe una descripción absolutamente fiable de sus prestaciones, de lo que se hace allí, de si se pasan estrecheces inenarrables, o hay celdas, o puedes andar a tu aire, o tienes que ir a los sitios a pie, o se come de pena. Ni siquiera hay unanimidad sobre si existe o no existe, o si existe otra cosa que, cuando llegas allí, descubres que no se llama infierno, y que es peor que el infierno. 

Lo que sí se sabe es que hace unos años el crítico Cyril Connolly dijo algo interesantísimo sobre el tema, que permite hacerse una idea de lo poco atrayente que resultaría recalar en esas tinieblas. "Mi idea del infierno", afirmó abriendo el melón personalmente, "es un lugar en que te hacen escuchar todo lo que has dicho en tu vida". 

Pienso de vez en cuando en esta versión tan particular y tan agónica del infierno: tu propia voz. No voy a decir que me quedo tranquilo. Tranquilo, con el miedo a que ese lugar sea realmente así, no puede estar nadie. ¿Puede ser el demonio tan criminal de haber montado un lugar semejante? Cuesta creerlo. Si antes lo del infierno me parecía una exageración literaria, metafórica, es decir, que no podía ser tan terrible, ni las condiciones tan penosas, aunque hubiese cuarenta y cinco grados —menos que un verano en Ourense— al imaginar el infierno de Connolly me ataca el hormiguillo. Cómo no voy a preocuparme. Si en última instancia resulta que el infierno existe, ¡yo puedo acabar perfectamente allí! Y rodeado de colegas. No se me ocurre condena peor que escuchar todo lo que he dicho a lo largo de mi vida, en su mayoría bobadas. 

Nadie resiste el examen del "a lo largo de tu vida". Si me apuran, pocas personas consiguen salir airosas del peliagudo examen de "tus últimos años", o aun peor, del escrutinio de "tus primeros años". No hay época sin infamias. Ni siquiera cuando atraviesas un ciclo decente, y no tienes demasiado de lo que avergonzarte, puedes decir que tu vida resulta en ese período intachable, pues de pronto recuerdas que justo esos días —esto me pasó a mí— te dio por usar laca, o rezar, o ir a una boda con una camisa color salmón. 

Yo al menos pasé por etapas de largos silencios. En mi segundo año de carrera superé mi marca personal sin abrir la boca: quince días. Yo siempre estoy alcanzando marcas ridículas. Cuando estuve interno en un colegio batí el récord de mantas usadas en una noche friísima: veintitrés. En otra ocasión conté hasta 666.666, la estupidez sin consecuencias más grande de mi vida. En el caso del silencio, aproveché que tenía exámenes y que me quedé prácticamente solo en Santiago. En el fondo, me divirtió comunicarme por gestos en el supermercado, en la panadería, en las librerías, con el estanquero. 

Hablar no es malo, pero no hablar podría ser aún mejor. Yo siempre lo sospeché. Pero a medida que creces la vida te va sacando más y más frases a la fuerza. Pronunciarse con brevedad, y no digamos también inteligencia, encierra una dificultad extrema. No todo el mundo vale para ser gente de pocas palabras, ni puede permitírselo. Solo unos pocos, en realidad. Hasta los veinte años quizá consigas sobrevivir con monosílabos. Al fin llega una edad en la que no te queda otra que deshacerte en respuestas cada vez más largas, en explicaciones, de vez en cuando en discursos. 

La idea de ser torturado por tus propias palabras en el infierno se vuelve más insoportable si pensamos que nos pasamos media existencia volviendo a las ideas, chistes, anécdotas, frases de siempre. Ahora reparo con envidia en aquella confesión de Italo Calvino, cuando admitió que "Yo no repito nunca igual la misma historia dos veces seguidas, porque sería muy aburrido". Muerto, y en el infierno de Connelly, es una actitud que daría sus frutos.

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