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Una porquería buenísima

En el caso Watergate, un grupo de personas había creído en algo que noe xistía y ese fantasma los empujó a escarbar a oscuras

Cuando se me ocurre una idea soy partidario de salir corriendo a apuntarla, aunque esté en la ducha. No descartemos que la idea sea una verdadera porquería, pero muchas veces esa porquería conduce a otras porquerías, y desde estas llegas a algo interesante, que vale para empezar a escribir un libro, una columna o un testamento. Lo importante es escribir, da igual el qué. Como si es una carta de suicidio. Nunca se debe despreciar una idea a la primera, porque nos parezca que no tiene demasiado sentido o fuerza. Conviene pensar más allá de ella. En la lejanía, puede volverse interesante. De hecho, es así es como surgen todas las grandes historias: primero asoma una idea, que lleva a otra, que a su vez lleva a una tercera, y se forma la historia, que rara vez brota entera de un fogonazo, sino a través de estallidos sucesivos. Fue de ese modo como fructificó, por ejemplo, la mayor hazaña del periodismo, que todavía es el caso Watergate. 


Años atrás le oí contar a Ben Bradlee, director de The Washington Post entre 1968 y 1991, cómo los redactores del periódico fueron uniendo ideas deslavazadas, hasta tener delante un escándalo de tres pares de cojones. Todo empezó el 17 de junio de 1972, cuando un consejero del Partido Demócrata llamó al director adjunto del diario, Howard Simons, para contarle que pasada la medianoche cinco tipos habían entrado en la sede central del Comité Nacional Demócrata de manera ilegal. Se trataba de cinco fulanos trajeados, con gafas oscuras, guantes quirúrgicos, con los bolsillos repletos de billetes de cien dólares nuevos, linternas y walkie-talkies. Ese día Bradlee estaba de fin de semana en un lugar de Virginia donde no había teléfono, y Simons llamó al redactor jefe del área metropolitana, que a su vez llamó al redactor jefe de local, que estaba en la cama y llamó a dos periodistas de su sección, Al Lewis y Bob Woodward.

En ese momento cinco individuos detenidos, después de forzar un local y entrar su interior, parecían un asunto para un par de reporteros de sucesos. Mientras Lewis se iba a la sede demócrata, a husmear, Woodward se dirigió al juzgado, donde iban a leerse los cargos contra los detenidos. Sentado en un banco de la primera fila, el periodista escuchó cómo uno de ellos, un tal James McCord, confesaba que era un empleado retirado de la CIA. Primer hecho aislado.

Ese mismo día, a última hora, cuando otro periodista se dirigió a la Policía para echar un vistazo a los objetos hallados en los bolsillos de los detenidos, advirtió que en una agenda aparecía el nombre de un tal Howard Hunt, junto con la anotación "C.B." y "Casa B.". Segundo hecho aislado.

Carl Bernstein, por su parte, empezó a hacer llamadas, y en esa ronda incluyó al corresponsal del diario en Miami, de donde procedían los arrestados. Este vio en el periódico la foto de McCord, y enseguida lo identificó como una de las personas que trabajaban en el comité de reelección del presidente Nixon. Tercer hecho aislado.

En la redacción central, Woodward seguía tirando de los hilos sueltos, y decidió llamar a la "Casa B.". Para preguntar por el misterioso Howard Hunt. Después de que varios intentos, respondió una telefonista que le pidió que esperase, pues tal vez el señor Hunt se encontrase en el despacho del señor Colson. Cuarto hecho aislado.

En menos de 48 horas, unos pocos periodistas de The Washington Post habían conseguido relacionar lo que parecía un robo de poca monta con la Casa Blanca y con el centro neurálgico de los republicanos que pretendía conseguir que Richard Nixon renovara por un segundo mandato. Todavía se encontraban a varias semanas de la noticia bomba, que acabaría haciendo dimitir a Nixon, pero las ideas inconexas ya se encontraban ahí, esperando que las empalmasen. Un grupo de personas había creído en algo que no existía, y ese fantasma los empujó escarbar a oscuras, hasta que lo encontraron. Ante un precedente así, me parece que no es mucho pedir salir corriendo de la ducha para escribir una mierda de frase en un papel, ponerlo todo perdido, resbalar y, si hace falta, romper la tibia y el peroné.

Una porquería buenísima
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