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Un nudo inimitable

Marcel Proust envió su manuscrito a André Gide y este lo rechazó. Pero el autor estaba seguro de que lo hizo sin haberlo leído. El cordón que lo ataba era su pista

JUSTO HACE cien años, Proust y Gide fi rmaron la paz. Marcel estaba en la cama y le tendió un sobre a Céleste Albaret, su amiga, mensajera, ama de llaves y enfermera durante sus últimos años de vida. "He escrito a monsieur André Gide para hacer las paces, pues parece creer que estoy en guerra con él. Tome un coche y lleve esta carta directamente a su casa para dársela en propia mano", le dijo. Céleste cumplió el encargo, tal y como relata en Monsieur Proust, las memorias sobre su convivencia con el escritor francés. Cuando estuvo ante Gide, envuelto en una capa de sayal, este tomó la carta y le leyó despacio. Proust aceptaba verlo, así que esa tarde se presentó en su casa, en el boulevard Haussmann. Marcel lo recibió acostado en la cama, según su costumbre. En una de las veces que tocó la campana y convocó a Céleste a la habitación, esta escuchó cómo Gide decía: "Sí, monsieur Proust… sí, se lo confieso…. Es el mayor error que he cometido en toda mi vida…". Hablaba, naturalmente, del rechazo del manuscrito del primer libro de En busca del tiempo perdido. Ese día, Proust le perdonó.

Cuatro años antes, en la Navidad de 1912, Antoine Bibesco se había dirigido a la sede de la editorial Nouvelle Revue Française, en la rue Madame, para encontrarse con Gide. Hacía varios meses que le había entregado el manuscrito de Por la parte de Swan, siguiendo las indicaciones de Proust, y seguían sin respuesta. Gide bajó de su despacho y le comunicó que la obra había sido rechazada. "Nuestra editorial publica obras serias. Está fuera de discusión que se edite algo como esto, mera literatura de un dandy mundano", argumentó. Y le devolvió el manuscrito atado con un cordón. Se arrepentiría pronto. Pero Proust dejó que pasasen cuatro años antes de recibirlo abochornado por su error.

El cordón en el que iba atado el manuscrito tendría más importancia de la aparente. Pese a disculparse, Gide siempre mantuvo que había leído el manuscrito. Mencionaba una frase que le había molestado, al principio de la novela, cuando el narrador se refi ere a la tía Leónie: "Ofrecía a mis labios su triste frente pálida e insulsa, en la que, a aquella hora matinal, aún no se había arreglado los cabellos postizos y cuyos huesos se transparentaban como las puntas de una corona de espinas o las cuentas de un rosario". Esto, según Gide, le quitó las ganas de seguir leyendo. Cuando esgrimió la frase como excusa, Proust ya había publicado la novela en la editorial de Bernard Grisset. Bien podía haberla leído en el libro.

Publicada en 1913, su éxito fue inmediato. Todo el mundo hablaba de ella. En Nouvelle Revue Française se produjo una gran conmoción. Sus responsables (Gaston Gallimard, Jacques Riviére, Gustave Tronche) se preguntaban cómo pudieron rechazarla. Y miraron a Gide. Había mucho de qué arrepentirse. Y mucho que hacer si pretendían publicar las siguientes entregas de En busca del tiempo perdido. Durante los dos siguientes años Proust se divirtió dejándose querer y obviando las súplicas de Gallimard y Gide. Hasta que en 1916 al fin aceptó que André acudiese a presentarle sus disculpas, como paso previo a publicar el resto de su obra en su editorial.

Proust estaba convencido de que Gide había despreciado su manuscrito sin leerlo. "Me juzgó de acuerdo con la idea que se había formado de mi vida, de mis hábitos mundanos. Mi camelia en el ojal seguramente les había incitado a él y a sus amigos a pensar que yo era un inútil", le confesó a Céleste en una ocasión. Pero no lo leyó. La prueba a la que se remitía era el cordón anudado alrededor del manuscrito. Nicolas Cuttin se encargaba siempre de preparar los paquetes que Proust ordenaba, incluido el manuscrito de Por el camino de Swan. "Ponía gran esmero en la forma de anudar el cordón", cuenta en sus memorias Céleste Albaret. Dominaba el arte de los nudos. Su estilo era inimitable. Y esto, para monsieur Proust, fue siempre la prueba definitiva de que el paquete con su manuscrito nunca había sido abierto.

"He visto el paquete antes y después –le aseguró a Céleste–, y estoy completamente seguro de que volvió intacto, tal como yo lo había enviado".

Un nudo inimitable
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