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Trozo, parte, pieza

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YA APENAS quedan cosas enormes, hechas de una sola pieza. No sé si hubo un tiempo, remotísimo, en el que los objetos estaban desprovistos de partes, existían absolutamente entero, sin divisiones, sin piezas, nada de tornillos, ni colas, ni puntos de soldadura. En el momento menos pensado tenemos que cambiar de casa, de ciudad, de país, o simplemente irnos de vacaciones, y queremos llevárnoslo todo con nosotros, porque sin la suma total de nuestras cosas nos parece imposible reemprender la vida. Para eso su tamaño, sea el que sea, ha de ser debidamente reducido, desmontado, empaquetado, trasportado, en una especie de Día del Participio. Visto así, qué grande hay que ser, y qué carácter, para dejarlo todo, irse con lo puesto, o con una mochila, y empezar de cero en otro lugar sin eso que genéricamente llamamos nuestras cosas, y sobre las que nos gusta pensar que se levanta nuestra biografía.

Las piezas, el trozo, los lotes, la parte, las secciones, el fragmento, el infinito catálogo de elementos conforman todo lo que hay. Absolutamente todo puede en un momento dado introducirse en un contenedor, pongamos. No importa lo monumental que algo parezca. Se desmonta sin más, a veces por una sola persona, sin ayuda, si dispone de herramientas y un pequeño manual. Montas y desmontas, y pasa la vida y te mueres casi sin darte cuenta. Tal vez en el futuro, mientras casi nadie te recuerda, alguien diga un día de ti: "Era la hostia. Qué bien montaba".

Las personas y las cosas vamos de un lado a otro continuamente, así que los trayectos exigen que nuestro pequeño universo pueda desmontarse y montarse fácilmente. Quizá no haya tanta diferencia entre personas y cosas, por otra parte. Quién no se identifica, por ejemplo, con esa bolsa de plástico qua aparece en una de las escenas más recordadas de American Beauty. Golpeada por una tarde ventosa, la bolsa sube, baja, se arrastra, vuela, baila con una inusitada belleza. A nuestra manera, los humanos también somos bolsas, paquetes, mercancías. El movimiento perpetuo en el que estamos instalados es una prueba de vida. Estarse quieto demasiado tiempo es algo muy parecido a la muerte.

El mundo cobra forma sobre una cansina, o quién sabe, emocionante suma de partes. El acto de sumar bien puede resultar una aventura. Hace un mes, yo qué sé por qué –como tantas cosas en un día común–, me puse a ver un documental en Filmin sobre el transporte marítimo. Al parecer, este tipo de transporte ha tomado el control de la sociedad: navega invisiblemente para saciar nuestra sed de consumo. El noventa por ciento de todo, de cualquier cosa que usamos o consumimos, y que no está formada sino por pequeñas partes cada una con un origen, ha llegado en un carguero desde la otra punta del mundo.

En el documental se menciona el ejemplo de una americana. Podría ser cualquiera de las que cuelgan en nuestro armario. Hoy las distancias ya no existen, y esa simple chaqueta es "el resultado de una colisión planetaria", sostiene uno de los testimonios. Cuando leemos Made in Bangladesh en la etiqueta de la prensa estamos lejos de conocer su historia. El algodón viene de los Estados Unidos, pero fue tejido y teñido en la India. Los botones fueron fabricados en Vietnam, de plástico recogido en Europa, que fue procesado en China. Cada vez más las cosas parecen infinitamente divisibles y remotas, sin que se pueda decir de ellas que tienen tal procedencia, sino que cada una de sus partes llegó de un lugar y arrastra una historia.

En los ochenta desmonté un reloj-calculadora con mis propias manos. Ya entonces hacía cosas sin una explicación, simplemente porque sí. No volvió a funcionar, aunque aquel estrago me sirvió para adivinar, con el tiempo, hasta qué punto las cosas pequeñas hacen a las grandes, y al revés. Todo es un conjunto de trozos organizados. Quizá nada escapa a esa forma de ser fragmentada, y menos aún nosotros, que somos trozos sobre el suelo disimulados en un cuerpo entero, si bien solo por fuera.

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