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Todo cerrado

Ahora, todo está abierto. No hay casi nada que no puedas resolver en domingo. Es un puto asco

ERA MUY incómodo, pero agradable, salir de casa de vez en cuando y encontrarlo todo cerrado, casi muerto. Podías obtener la irreprochable impresión de que el mundo, por unas horas, se había acabado, y que ahora que no servía para nada, lleno de gente ausente y de persianas bajadas y coches apagados, en parte te pertenecía. No tenías que compartirlo sino con otros pocos tipos errantes que tampoco aguantaban el peso de sus casas. Entre todos buscabais y no encontrabais. Era la esencia de las jornadas festivas, que te lo negaban todo. No importaba a donde mirases, pues todo se moría de aburrimiento: los semáforos, los charcos, los cubos de basura, los escaparates, la mitad de los bares, las oficinas... Si salías a la hora apropiada, podías ver desfilar por la puerta de los ‘afters’ hileras de jóvenes preguntándose por su casa. A veces tú eras uno de ellos. Daba gusto abandonar aquellos locales, hecho una birria, y no encontrar apenas testigos. ¡Cómo abrigaba la ciudad vacía e inútil!

Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXA

Cuando los domingos resultaban una mierda de verdad, sublime, y no sabías qué hacer porque el paisaje dormía toda la mañana, la vida poseía un encanto intraducible, que entonces no sabías si era encanto o basura. Pero en algún momento desgraciado los domingos dejaron de ser aquella mierda, dispuestos de pronto a ofrecer las mismas prestaciones que cualquier otro día de la semana, y ahora sí que son un puto asco. Todo está abierto. Produce pena ver cómo se esfuerzan en actuar como si fuesen sábados, casi lunes. Son patéticos. No hay casi nada que no puedas resolver en domingo. La gente va de aquí para allá con propósitos que saben que podrá cumplir. Definitivamente, cada poco desaparece una parte del mundo tal como lo conocimos una vez.

Cuando pienso en el carácter sagrado de los domingos siempre me acuerdo de Jean Dézert, un personaje melancólico y desganado que inmortalizó en una novela Jean de La Ville. Dézert, enclenque, vulgar, mediocre, rutinario, carente de imaginación, era el perfecto hombre invisible, que hasta destacaba por no destacar. Por si fuera poco, desempeñaba un aburrido trabajo en el Ministerio de Estímulo al Bien, en la Dirección de Material, donde se limitaba a rellenar impresos. Tenía una sola pasión, los domingos, que ejercía con entusiasmo. Durante toda la semana esperaba el día de descanso, como si solo hubiese uno al mes y durase un suspiro, como las cosas que dan la felicidad. Hay que decir que Dézert no era en absoluto ambicioso. Supongo que solo así se conseguía disfrutar del declive inherente a los domingos. El hecho de que el mundo se haya llenado de gente con aspiraciones nos ha llevado a esta desagradable situación, en la que un domingo apenas se distingue de un jueves.

Aquel mundo cerrado de los días festivos te enseñaba a tener paciencia, mantener a raya la frustración, o respetar el aburrimiento. Al alcanzar cierta edad te aficionabas al periódico y a su semanal por desesperación. Hacerse con la prensa y con el pan, y encontrar después un bar abierto, que casi no existía, volvían el día vertiginoso. Antes o después acababas por descubrir el atractivo de las calles vacías. No había un alma por las aceras hasta la hora de comer porque no tenía un lugar donde meterse. Pero aun así, tú salías. Entonces, las puertas y las cerraduras eran capaces de ponerse serias de verdad. Estabas tú solo, en un desierto edificado, y de vez en cuando te encontrabas con otro como tú, aún más solo. Descubrirlo todo cerrado alrededor remitía a un tipo de decadencia que no renegaba de la belleza, como las viviendas ruinosas, los libros con el lomo doblado o los muebles abandonados junto al contenedor porque no caben. En un domingo verdaderamente horrible, hostil, que te negaba lo más imprescindible, cualquiera era capaz de los milagros más inauditos, como sentarse a ordenar cajones en casa, leer un libro de un tirón o arrastrarse hasta el vídeo-club, cuya decadencia ha ido pareja al ocaso de los auténticos domingos de mierda.
 

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