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Taller mecánico

A quién no le producen ternura esos golpes en el garaje

APARQUÉ PERFECTAMENTE. Venía de hacer algunos recados y de olvidarme de otros. El recado no siempre se deja hacer, te hace él a ti. No aparcaba tan bien en meses. Creo que la última vez fue con un coche de bomberos de juguete de mi hija. Me dieron ganas de bajarme sin apagar el motor y mirar durante horas el resultado. Y sin embargo, me pareció que si retrocedía unos centímetros más, la perfección sería completa, cegadora. Sabía lo que hacía, así que metí marcha atrás y recorrí esa poca distancia. Era uno de esos días en que te sientes con confianza, capaz de todo. Ni siquiera precisas vigilar el retrovisor, ves en la oscuridad. Maldita ambición.

No sonó nada bien el golpe contra la pared. A que reventé la defensa, me dije, para no animarme demasiado. Apagué el motor y me bajé despacio, para no tener que llegar nunca. Menos mal que es el coche viejo, que ni siquiera es mío, sino de mi pareja, tuve tiempo de pensar con cierta mezquindad antes de comprobar que la matrícula había saltado por los aires. "Bah", le quité hierro al asunto con una sola palabra. Los recados que no había hecho pasaron a un segundo plano. En cuestión de segundos, la matrícula también. A quién no le producen ternura esos golpes que damos a nuestros coches en el garaje, mientras maniobramos. Cuando pasa por tercera o cuarta vez, o cuando pasa tantas veces que ya no las cuentas, te llevas un disgusto, pero pasajero. Enseguida lo achacas a que la vida es así. ¿Acaso está en nuestras manos que la vida sea de otro modo? No.

Maruxa

Esto sucedió hace dos meses. Olvidé comentar el accidente en casa. Fue otro de esos recados que se diluyen en su propia fuerza. Pasan de importantes a innecesarios en el tiempo que llamas al ascensor, subes tres pisos e introduces la llave en la puerta. Cuando mi pareja descubrió que faltaba la matrícula intenté decirle que había intentado decírselo antes. El éxito me abandonó. Para hacerme perdonar prometí que llevaría el coche al mecánico sin pérdida de tiempo. Pero cómo distinguir cuándo se pierde el tiempo o cuándo se gana. Transcurrió un mes. Cuando bajé al garaje el coche seguía perfecta y cruelmente aparcado. Sujeté la matrícula con cinta americana y salí en busca de un taller mecánico. Solo tenía dos miedos: que antes de llegar me parase la Policía Local y que, a la hora de pagar, el mecánico me diese un sablazo y yo no me enterase. Me quedé de piedra cuando me dijo que no era nada. "¿Nada?", repetí, incrédulo. Irse sin pagar de los sitios es una vieja realización humana. Por defecto, los precios producen una extraña pereza, parecida a la del paraguas. Desmoralizan. La menor posibilidad de no pagar nos anima de nuevo. En compensación por su gesto, le prometí al mecánico que intentaría sufrir una avería lo antes posible y volver. Lo hice reír mientras se metía debajo de un Citröen Xsara que daba pena.

Me sentía tan contento que me subí al coche dispuesto a salir del taller marcha atrás sin mirar los espejos, con la vieja confianza. Pero ni siquiera conseguí encenderlo. No supe si fue buena o mala suerte. Me encontraba en el sitio perfecto para sufrir una avería. Al segundo, me acordé de un vecino de Vilardevós, víctima un día de un accidente dramático y gracioso. Había ingresado en el hospital para que le implantaran un marcapasos, para entonces ya estaba completamente inventado. La operación fue un éxito. No murió, digamos. Pasó cuatro días en una habitación doble, a cuerpo de rey. "Nos vemos dentro de un año para la revisión", le recordó el cardiólogo al darle el alta. Nada más salir, sacó el paquete de Ducados y fumó, a la espera de la ambulancia que lo devolviese a casa. Sin embargo, el conductor de la ambulancia, al acercarse, lo arrolló. Cuando le devolvieron al hospital, en camilla, con la cadera rota, se cruzó con su cardiólogo. "¿Así que dentro de un año, eh? ¡Ni cinco minutos!", le dijo. En la misma onda, yo me acerqué al mecánico, que seguía debajo del Xsara, y le toqué un pie. "He vuelto, como te prometí".

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