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Soy un gilipollas

La vida doméstica se define por ese tipo de situaciones que resultan insignificantes y a la vez catastróficas


EN ALGÚN momento nos pareció que ir a casa de un amigo, hacernos un bocadillo de Nocilla con chorizo y dejar el suelo o la colcha llenos de migas mientras conversábamos, era un derroche de tiempo. Entonces empezamos a llamarlo por teléfono a todas horas, aunque no hubiese nada nuevo o interesante que decirse.

Nuestra madre nos fulminaba con la mirada, pero qué importaba qué pensasen las madres. Qué sabían ellas de la vida. Tomábamos el teléfono, que estaba en el salón, y si el cable era largo, nos íbamos con él a nuestra habitación. Nos sentábamos en el suelo y hablábamos durante horas sobre asuntos de la máxima intrascendencia. Las tarifas planas estaban por inventarse, y desde el otro lado de la puerta oías a tu madre susurrando "cuelga, que va a llamar alguien". No le hacías caso. Si obedecías a tu madre a la primera emitías una mala señal, como que irías por el buen camino.

Media hora más tarde, esa señora, es decir, tu madre, tocaba en la puerta con los nudillos. "¿Pero sigues hablando? ¡Te he dicho que cuelgues!", insistía. Esta vez su tono era más elevado y rasposo. Al otro lado de la línea, tu amigo preguntaba si esos gritos eran de tu madre. "Está buena, pero es una pesada", añadía, y tú te quedabas callado, enfadado y satisfecho al mismo tiempo de lo que acababa de decir. Cuando llegaba la factura telefónica se vivía una escena dramática en el seno familiar, casi siempre a la hora de la comida. La vida doméstica se define por ese tipo de situaciones, insignificantes, y a la vez catastróficas. "Un día voy a arrancar el teléfono", advertía con determinación tu padre, que nunca lo usaba, pero lo pagaba.

Si obedecías a tu madre a la primera emitías una mala señal: como que irías por el  buen camino

Si alguna vez llamaban preguntando por él, siempre había que decir que no estaba. Tenía la teoría de que si había algo que hablar con quien fuese, lo correcto era calzarse, echarse un buen abrigo por encima, e ir a verlo en persona, donde estuviese. Esta teoría la desarrollaba también a Ricardo Piglia, que el día que instalaron en su casa un teléfono, su padre reunió a toda la familia, y puso en claro para qué no debía servir el aparato. "A los amigos —dijo— se les visita en su casa, no se les llama". En una fase posterior de nuestras vidas, sin embargo, llamar por teléfono se volvió cansino. Los teléfonos fijos habían dado paso a los inalámbricos, más tarde llegaron los móviles, y en ese proceso imparable y filosófico, las conversaciones languidecieron otoñalmente. Al fin y al cabo, tampoco había tanto que decirse. A partir de la adolescencia empiezas a encontrar satisfacción en las frases cortas, incluso en los resoplidos.

Este lenguaje, caracterizado por su ausencia, se ensayaba en casa, precisamente con tus padres, a los que renunciabas a dar cuenta de las cosas que hacías o pensabas con demasiados detalles, y de ahí las frases cortas, tipo "sí", "no", "no sé", "a mí qué me cuentas". Más tarde, ampliabas su uso a otras personas, porque tenía éxito. Casi sin darnos cuenta, había llegado la era de los mensajes. Si tenías que decir algo, preferías escribirlo. Llevaba más tiempo, pero tiempo es precisamente lo que creías que te sobraba. En tu mente, estaba forjándose un modo nuevo de proyectar tus ideas, que ya no fluían verbalmente, sino que se esquematizaban, para que otros pudiesen adivinarlas. No nos importaba estar todo el día alejados unos de otros, si a cambio podíamos intercambiar mensajes sin parar, con las tonterías intrascendentes de toda la vida, ahora expuestas por otros medios. Los mensajes eran casi siempre cortos, pero por alguna razón, nos parecían larguísimos.

Fue cuestión de tiempo que evitásemos algunas letras, para abreviar. La ortografía se volvió una camisa ajustada, y sin más nos la quitamos, como si al escribir bien se sudase desesperadamente. Pero ahora, que ya somos bastante idiotas, resulta que escribir mensajes cortísimos nos causa tedio, y hemos inventado los emoticonos, que con un simple símbolo te ahorran decir "mola un huevo" o "estoy flipando, tía". Es una suerte que aún no exista una imagen que sustituya a la frase "soy un gilipollas".

*Artículo publicado el sábado 17 de octubre de 2015 en la edición impresa

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