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Sangre en la acera

GAY TALESE describe en Honrarás a tu padre el asesinato de tres hombres mientras cenan en un restaurante de Queens. Las víctimas pertenecen al clan Bonnano, una de las cinco familias de la mafia que había en Nueva York durante los años 60. El asesino entra con una subametralladora bajo la gabardina. Nadie ve nada, salvo los víctimas, que lo reconocen y se ponen de pie. Ya es tarde: el asesino los encañona. "Una ráfaga de veinte balas los alcanzó a corta distancia". En el momento que el criminal se va, el resto de comensales se esconde debajo de las mesas y en los rincones, o busca la puerta. "En una mesa desocupada fue encontrado un tenedor envuelto en espaguetis apoyado sobre un plato", escribe Talese. Ese tenedor siempre me ha parecido la estrella de la escena, por encima del asesino, el arma y los cadáveres.

Me acordé de él, y de la importancia de los detalles insignificantes, la semana pasada, cuando al salir de la biblioteca me encontré a un grupo de gente junto a una ambulancia. Yo había sacado un libro de Serguéi Dovlátov titulado Retiro, y El verano sin hombres, de Siri Hustvedt, y caminaba y leía al mismo tiempo; imitaba a dos trenes que avanzan en dirección opuesta por la misma vía, hacia un choque seguro. Al levantar la cabeza y distinguir aquel movimiento inusual, me acerqué despacio, mientras me decía: "Que no sea un muerto, por favor". Había un señor mayor en el suelo, muy quieto, vivo. Se había caído e intentaban subirlo a una camilla para llevarlo al hospital. Tendría 70 años y, por lo que pude escuchar, se había caído y golpeado la cabeza. Había sangre en la acera. Me alejé unos pasos hasta apoyarme en la fachada de un edificio. Desde allí vi cómo arrancaba la ambulancia y poco a poco los curiosos, y quienes le habían prestado la primera ayuda a la víctima, se alejaban del lugar.

Casi sin darme cuenta me había puesto a leer de nuevo. "Vámonos a casa", me dije en plural, sospechando que cada persona equivale a todas, o a unas cuantas. De pronto, me vi encima de la mancha de sangre, pisándola. El reguero había dibujado un mapa parecido a la provincia de Pontevedra. Me llamó la atención una minúscula cosa en el suelo, que cuando me agaché para apreciarla mejor, resultó ser un diente. Sentí un escalofrío por todo el cuerpo, lo que no pasó unos minutos antes, cuando vi al anciano tendido. ¿Debía hacer algo? ¿Quizá recoger el diente y llevarlo al hospital, para devolvérselo al anciano? ¿Tal vez apartarlo de una patada, para que no horrorizase a nadie más? Al final decidí dejar las cosas como estaban y me fui a casa. Para algunas cosas soy un conservador.

Ya no pensé en nada más durante todo el día. No pensaba en el pobre hombre, y cómo se encontraría, sino en su diente roto. Un cuerpo humano arrojado en el suelo, tras sufrir una caída, no dejaba de ser un inmenso brochazo, sin embargo, un diente que se rompe en el momento de golpear al suelo es un detalle que parpadea como un neón, ínfimo pero turbador. Chandler contaba que cuando publicaba en revistas pulp escribió en un cuento una línea que decía algo así como "bajó del coche y caminó por la acera soleada hasta la sombra del portal, que cayó sobre su rostro como agua fría". Los editores de la revista lo eliminaron. Creían que los lectores no apreciaban ese tipo de observaciones, que servían para retardar la acción. Chandler estaba convencido de lo contrario. Cuando lees vas en busca de detalles, que son los que a la postre permiten creer en lo que se cuenta. Los detalles que un lector recuerda, según el creador de Philip Marlowe, "no eran por ejemplo que a un hombre lo mataran, sino que en el momento de la muerte estaba tratando de coger un clip de la superficie pulida de un escritorio, que se escapaba de sus dedos". Estaba tan obsesionado con el clip que no advirtió que su asesino abría la puerta. Por mi parte, estaba tan obsesionado con el diente que por la tarde me dirigí al lugar donde había caído el anciano, dispuesto a quedarme con el diente de recuerdo.

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