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Pronto para morir

A veces muere joven un amigo. Es una muerte distinta a cualquier otra porque tenéis la misma edad e historias y planes en común, y porque significa que la muerte está más cerca de lo que pensabas

Tallón
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EN REALIDAD, para ser franco, tú no pensabas en ella, al menos en un sentido en el que te concerniese. En la juventud te resulta demasiado lejana y ficticia, casi inofensiva, por no decir que tú estás ocupado, a cada minuto, en no prestar atención a nada que implique no vivir a tope.

La noticia de que tu amigo murió, que a menudo no ves venir, pues llega en mitad de lo mejor, te envía a la lona. Quizá el día anterior comisteis juntos, o hablasteis por teléfono, o teníais planes, aunque sin concretar, porque los jóvenes sospechan, con cierta arrogancia, que el peor plan es tener planes. Te quedas en la lona un tiempo, aturdido, como buscando una salida del desierto. Pueden pasar meses sin dejar de pensar en él todos los días. Te impresiona no solo su ausencia, sino que falleciese con todo en la vida a medio hacer, o por descubrir. ¡Solo había empezado! Es cuando tomas dolorosa nota de la complejidad del mundo, y de lo verdaderas e inamovibles que son las jugadas rocambolescas. Quizás algunos días temas que hacerse mayor es horrible, pero ellos se hicieron jóvenes, y eso es mucho peor. No pudieron ser más que felices, apasionados, inmaduros, con todas las historias de la vida tronzadas a la mitad. La juventud es una etapa necesitada de movimiento, y perfecta mientras se atraviesa.

Transcurren los años, y la ausencia de un amigo que murió el día que erais demasiado jóvenes desaparece y reaparece. Nunca se va. No se cura. Además, ¿qué coño es curarse? De los amigos muertos no hay que curarse. Es terrible echarlos de menos, pero hay que echarlos. Qué menos que afligirse al pensar en lo que aún podríais hacer juntos. No importa si hay meses que no te vienen a la cabeza. En el momento menos pensando regresan y vuelven a mandarte a la lona. Hace unos días me puse a buscar unas fotografías, y en su lugar encontré una carta completamente olvidada dentro de una carpeta gastada, azul, de gomas, titulada Papeles IV, con nombre de papa. Era una carta de Marijó. Empecé a leerla, y al segundo párrafo la guardé, sobrecogido. Marijó murió cuando los dos teníamos veinticinco años, y en esos párrafos sentí que estaba viva. Demasiado vértigo.

El día de su muerte hacía más de un año que no nos veíamos. Nos fuimos abandonando a las inercias de la vida personal, tal vez persuadidos de que las distancias son un círculo, y que al alcanzar un punto se abolen y todo empieza de nuevo, y lo que está lejos se reúne. Es la belleza del cero. Como teníamos una amiga común, de vez en cuando recibíamos noticias el uno del otro. Un día esa amiga me llamó para contarme que Marijó había muerto. Esperaba ante un semáforo en rojo sobre la moto, con su novio, cuando un coche a toda velocidad los arrolló por detrás. Yo casi había olvidado que habíamos intentado salir juntos durante unos meses. Fue cuando Marijó pasó a vivir en Barcelona y yo en Santiago, y en ese momento decidimos atraernos, como si lo más emocionante llegase cuando uno podía gritar «y ahora el más difícil todavía». Aquello nunca fue salir. Yo la visité un par de veces y ella vino a verme a mí otras dos o tres. Nos pareció una aventura sin escapatoria, y dejamos los quilómetros que nos separaban donde estaban. Nos escribimos cartas un tiempo, que escritas a mano quizá significasen que no todo estaba perdido.

Hay instantes, justo cuando los amigos que murieron pronto reaparecen de improviso, que adivinas la utilidad de vivir durante un rato por ellos, en un homenaje secreto, ínfimo, y te preguntas cómo actuarían en tal situación, o qué dirían, y a continuación lo haces o lo dices tal como les gustaría. A veces uno tiene miedo a hacer las cosas solo, y escuchar a los amigos, aunque ya no estén, es una de las mejores sensaciones de la vida. Es una forma efímera y ficticia de salvarlos.

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