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No perderlo todo

NADIE ACEPTA perder algo que le importa, y que sea para siempre, y del todo. Necesita preservar una parte, aunque sea ínfima, y quizá completamente ridícula; eso da igual. Cuando entregué mi primer coche, con el que llevaba once años, para comprar el que tengo ahora, por ejemplo, me quedé con la rueda de repuesto de recuerdo. Nunca lo entendí. Pero lo hice, y ahora ocupa un espacio precioso en el trastero, donde se acumulan muchas otras cosas a la espera de ser también inteligibles. Supongo que cuando salgo y cierro la puerta se mueren de risa, las hijas de puta, como en Toy Story.

Algunos días la rueda parece un monstruo de lo pequeña e inútil que es. Podría deshacerme de ella de un plumazo, naturalmente, pero conociéndome eso me exigiría años. Ningún momento sería perfecto, y la hora de expulsarla del trastero se iría aplazando dolorosamente, generando frustración, tal vez hasta que una inopinada noche un amigo con ideas modernas me dijese "pero cómo vas a deshacerte de ella, bobo, úsala de asiento", y entonces la subiría al piso y la tumbaría en el salón.

Prefiero pensar que el mundo se sostiene en pie gracias a que todo lo que alguna vez se perdió no se perdió del todo. Solo así consigo explicar por qué no me deshice aún de una rueda que no sirve para nada. Hoy es fácil advertir que fue un error quedársela, claro. Había que verse, sin embargo, en la situación de ir a entregar el coche, hace cuatro años, y oír al comercial decir que mi Megane Coupé acabaría en el desguace. Yo había fantaseado con la idea de que alguien joven, ambicioso, simple y guapo pagase 500 euros por mi coche, y que juntos recorrerían miles de kilómetros convencido de que la vida es fácil, barata y no devuelve los golpes.

Me dirigí al automóvil, aparcado frente al concesionario, y abrí el maletero como si entrase en un edificio en llamas, rescatando la rueda de repuesto. "Pero qué hace este imbécil" es una idea bastante ajustada de lo que seguramente le pasó por la cabeza a los que me vieron. Casi me suena bien ahora, al escribirla. Ojalá hubiese podido arrancar fácilmente el volante, o la caja de cambios, o el acelerador. Me conformé con la rueda. En aquel momento creí que ponía a salvo, con ella, todo lo que había vivido en el coche. Es decir, los sitios a los que me había llevado, los veces que simplemente me salvó de la intemperie, o de quedarme donde no quería estar, las cosas que hice dentro de él, incluso las que hice fuera, al llegar, las compañías, los gastos imprevistos que me infligió, los accidentes sin importancia, las multas. Todo.

Es una desgracia no ver las cosas, en cada momento, tal y como vas a percibirlas a la vuelta de unos meses o años, cuando te curaste de cierta melancolía o de cosas mejores y peores. Me imagino que la existencia también resulta más llevadera si cada cierto tiempo tienes algo no demasiado grande de qué arrepentirte, como una rueda de repuesto. Necesitas contradicciones para vivir más a gusto contigo mismo, o al menos atareado. Por eso acumulas a veces material absurdo: una rueda, un maniquí, un número de teléfono al que no llamas, una foto de una expareja que no volvió a pensar en ti, un regalo feo e inservible, una carta de rechazo, a lo mejor una colección de VHS, ropa maravillosa que no te sirve, la caja del microondas...

Tengo una amiga que mantiene una teoría, que a su vez es una teoría mía, aunque nunca la he expuesto, según la cual ciertas cosas no se tiran directamente, sin más, sino que antes se integran en una cadena de largos y primitivos trámites camino de su desaparición. Antes de alcanzar el final van pasando por lugares como trasteros, cajas, cajones, bolsillos viejos, etcétera, en los que nunca miras, o rara vez miras, hasta que un día, al hacerlo por casualidad, te dices ¿por qué cojones está esto aquí? Y entonces lo tiras fulminantemente. En muchos casos es posible que solo lo intentes, por miedo a que, si desaparece para siempre ese objeto, arrastre consigo los recuerdos de aquello a lo que estuvo unido.

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