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No hay plátanos

Nadie sabe cómo, nadie sabe cuándo, pero de pronto el brillo se apaga y el mundo se queda a media luz, y tú empiezas a ir cuesta abajo sin vislumbrar el final. Siempre es así. "Según me han contado, tuve una abuela que sufrió depresión durante toda su vida. Se murió. No la conocí. Y sigue teniendo depresión, bajo la tumba, no se ha curado, la muerte no puede con todo", escribe Almudena Sánchez en Fármaco (Literatura Random House), donde relata su propia experiencia con la enfermedad, por la que se precipitó sin previo aviso, mientras creía que las cosas le iban bien.

La autora mallorquina destaca que no tiene "una cicatriz" para demostrar que pasó por algo tan bárbaro como la depresión. Su declive fue silencioso. Un día pasó de dormir en la cama a hacerlo en el sofá, envuelta en una manta, con la televisión encendida todo el rato; al principio pensó que serían unas cuantas noches. Casi a la vez, dejó de cocinar. "Ya no necesitaba comer", asegura. Por supuesto, descolgó el teléfono para que no le preguntasen cómo se encontraba. Y así fue encadenando renuncias. Por supuesto, también abandonó la novela sobre la adolescencia y el nuevo libro de relatos que se traía entre manos hasta que la enfermedad —"inhóspita, sádica, repetitiva, pegajosa, tiránica, inmaterial y diabólica"— la aplastó.

"Es atroz perder las ganas, es seguramente lo más mortífero que me ha pasado. Durante varios meses, creía que jamás, jamás de los jamases, volvería a escribir", sostiene al comienzo del libro. En general, la depresión se manifiesta como una intensa falta de ganas de casi todo, salvo de que te dejen en paz, y algunas veces de matarte. Es una pauta en la depresión. Ana Ribera, autora de Los días iguales (Next Door Publishers), admite en su descarnada crónica de la enfermedad que durante meses solo deseaba "hacerse pequeña" y dormir, para durante algunas horas no tener que controlar los deseos de suicidarse.

Hay un episodio poderosísimo en este libro que muestra la arrolladora fuerza de la depresión. Víctima de un tremendo sentido de culpa, Ribera oía a menudo a su depresión decirle "Qué mierda de madre eres que ni siquiera por tus hijas eres capaz de levantarte de la cama". Y entonces se levantaba y fingía ser una madre de verdad. Lo hacía por obligación, no por amor. "De hecho, no sentía amor por ellas. Mis hijas me daban igual como me daba igual todo el mundo. Es espantoso, pero así era". Entonces, un día, después de que las niñas se fuesen al colegio, y conseguir ducharse y ponerse unos pantalones, empezó a gastar el tiempo antes de que regresan de nuevo las hijas "en un dilema absurdo, ridículo cuando lo escribo ahora, pero que aquella mañana me consumía por completo. El problema eran los plátanos". Necesitaba plátanos. Sus hijas le habían pedido al marcharse que les preparase "frutitas", un postre muy apreciado en la familia. Sin plátanos, el postre perdía fuerza, incluso sentido. Pero no había plátanos. Había que salir a comprarlos. Se dijo que tenía tiempo de sobra de hacerlo hasta que regresasen a mediodía, y se metió en la cama.

"Puedes pasar de todo y no hacer frutitas", empezó a decirse, adentrándose en un enloquecedor monólogo. "Ya les has fallado más veces, de hecho, llevas meses siendo un continuo fracaso para ellas, vuelve a hacerlo, eres una mierda y una madre horrible… Ponte los zapatos, baja a comprar plátanos. Venga , vamos. No, no puedo . Hace sol y el cielo está azul. Tengo miedo, no puedo. Si por lo menos estuviese nublado, pero este cielo azul me da ganas de vomitar, no quiero bajar, no puedo. No bajo… No hace falta que llegues al súper de la otra manzana, el chino de la esquina los tiene seguro…. No, no puedo bajar". Así pasó toda la mañana, hasta que sonó el telefonillo. "Somos nosotras", anunciaron las niñas. Ana oía el ascensor subiendo. "Yo lloraba por los plátanos". Lloraba a hipidos, sin poder parar siquiera cuando entraron en la cocina corriendo. No había plátanos, así que no habría frutitas de postre. "No llores, mamá, hay yogures", la consolaron. Ahora Ana está bien y en su casa siempre, siempre hay plátanos.

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