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No future

HAY VIDAS que necesitan una agenda y vidas que no. Digamos que una agenda no es una nevera. Solo se vuelve imprescindible para unos pocos. Depende de si tu futuro próximo se divide en infinidad de planes, y cada uno  a su hora, y no puedes pasar ninguno por alto, o tu vida se trastocará. Entonces necesitas una agenda, desde luego. Bien colocadas, caben más cosas que en una nevera. Yo me compré mi única agenda en 2006. Pensé que sería un año próspero, ajetreado, en el que  se me acumularían los días importantes, las citas, los viajes,  las fechas de entrega, y que, si algo se me pasaba, se sucederían los desastres. No sucedió nada de eso. Ni siquiera los desastres. Apenas llegué a escribir en sus páginas alguna cita, un cumpleaños del que no quería olvidarme, y que olvidé, unos pocos teléfonos a los que  no recuerdo si llamé por segunda vez y tres o cuatro ideas que podían ser el comienzo de algo, y al final no fueron nada. 

Aquella agenda me vino grande. Sufrí a sus manos una de las grandes palizas de mi vida. Una vida que transcurría de tal modo que, cuando tenía un plan, una idea o una cita, lo anotaba en una libreta, sin referencias a fechas, o en un post it, que pegaba en la nevera o en la puerta de casa. Para llevar una agenda no basta con desear hacerlo. Necesitas tener por delante un futuro atomizado, que arrecie a diario. La agenda es un escudo, un techo. Su función es evitar que el futuro se te venga encima y te aplaste. No era mi caso. Me las había arreglado siempre   para recordar las citas importantes. Y también para olvidarlas. Me tranquilizaba pensar que ambas cosas me salvaban. Todo lo que pasa, me decía, conviene.   

Me deshice de la agenda a mitad de marzo. Ese me pareció un final menos triste que mantenerla con vida hasta diciembre. Le ahorré una larga agonía. A mis ojos era menos una agenda que un ataúd pequeñito para unas pocas citas que iban a tener lugar, o a lo mejor no, la semana siguiente, quizá el mes próximo. Regresé a las libretas a medio escribir, sin calendarios, que no acusaban tu ausencia. En cierto sentido, la realidad devolvió las cosas a su sitio. Pero hace tres   días, explorando los rincones poco frecuentados de casa, para paliar el encierro, encontré una carpeta. Dentro había un poco de todo. Había callejeros de ciudades extranjeras, trípticos de exposiciones, viejas entradas a museos, recortes de prensa y hasta una bolsa de papel para vomitar, de las que te daban en los aviones, en la que había escrito el comienzo de un relato. Casi escondida, distinguí una novelita de Marcial Lafuente Estefanía, titulada Me asusta la violencia, en cuya contra, bajo una fotografía del autor, se destacaba una de sus frases: "Mis cien mejores novelas". Me pareció una frase valiente, sobre todo teniendo en cuenta que  decir "mi mejor novela" es ya exagerado.   

Y claro, también encontré la agenda de 2006. No fue emocionante. Estaba muerta, igual que el primer día, aunque su aspecto recordaba mucho a las cosas nuevas. Calculé que, en realidad, desde hacía unas semanas, todas las agendas del mundo se le parecerían. Aquel futuro que pudiesen contener, dividido en meses, semanas, días y horas, en forma de reuniones, entrevistas, conciertos, presentaciones, no valía nada. Había desaparecido. No sé a dónde habrá ido a parar, solo que se desvaneció como en ese truco en el que un mago encierra a alguien   en una caja, a la vista de todos, y al abrirla, instantes después, la caja está vacía.   

De pronto, vivimos exactamente en la hora presente. Recuerdo que el protagonista de El rey de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez, vivía en ese filo, olvidando con precisión el minuto anterior y no anticipándose ni en un segundo al minuto próximo. “Hay gente que vive al día. Él vivía al minuto, solo el momento exacto en que respiraba”. Así estamos nosotros ahora, incapaces de adentrarnos más que unos cuantos pasos en el futuro, lo justo para decir que dentro de un rato saldremos a tirar la basura o a comprar pan.     

No future
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