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En una ocasión me preguntaron si había querido matar a alguien y admití que a tres familiares, aunque en el último minuto falqueé


De vez en cuando me llega al correo electrónico un cuestionario lleno de preguntas "para escritores", y que no tengo ni idea de responder. En el fondo, creo que son la clase de preguntas que, para responder con frescura, sin dejarse llevar por la inercia de lo que han respondido otros, no hay que ser escritor, sino piloto, jardinero o tal vez procurador. En apariencia, las preguntas son facilísimas. Por qué escribes, cuáles son tus costumbres o manías a la hora de hacerlo, cuáles dirías que son tus libros de cabecera o si podrías hablar un poco de tu último proyecto, si es que tienes proyectos. Fáciles, en efecto, y por alguna razón casi imposibles de abordar. Cada vez que me enfrento a ellas, y pienso en una respuesta decente, siento como si fuese a estallarme el cerebro dentro del cráneo, si todavía no está roto.

No se pasa mucho mejor con las preguntas exigentes, que el periodista te traslada después de haber leído a fondo tus libros. Algunos días, de hecho, uno está convencido de que el escritor es quien menos sabe de qué tratan sus textos. Italo Calvino afirmaba que "no es seguro que el autor sepa más de sí mismo que el lector". Lo que cuenta es la obra. "Los que hablan de sí mismos mienten siempre". En su caso, confesaba que nunca repetía igual la misma historia dos veces seguidas, porque sería muy aburrido. "Así que en mí es mejor no confiar". A veces uno escribe sin entender qué está haciendo. Se limita a seguir adelante con su vida, y eso incluye escribir a toda costa. Si por alguna razón se detuviese, y pensase en qué carajo está haciendo, y resultado de ello renunciase a la literatura, todavía entendería menos qué pasa. Tal vez ha estado demasiado tiempo encima de sus libros durante la escritura, y su mirada se deforma poco a poco, hasta perder toda perspectiva. Por si bastase, rara vez lee su obra; como mucho, la corrige. El resultado es que el periodista le pega un baño fenomenal, casi humillante, y el escritor trata de salir vivo como puede, algunos días a gatas. Será un éxito si no parece un idiota

Nunca he tenido que responder a eso que se llama "cuestionario Proust", de modo que no puedo manifestar nada bueno o malo sobre él. Me parece una mamarrachada, no obstante. No quiero ni pensar cómo reaccionaría cuando quisiesen saber cuál es mi flor preferida, qué color me gusta más, cuál es mi ideal de felicidad, qué pájaro prefiero, cuál es mi nombre favorito, qué hecho militar admiro, de qué manera me gustaría morir, o cuál es mi lema. Espeluznante. Sin embargo, en algunos foros estas preguntas se están haciendo todo el tiempo. Supongo que con el propósito de acabar con la literatura, o por lo menos con los autores.

Mención aparte merecen los cuestionarios ingeniosos. Son los que más me gustan. Te puedes permitir cualquier lujo, salvo el de ponerte serio y parecer un escritor. En una ocasión me preguntaron si alguna vez había querido matar a alguien. Me pareció una cuestión secretamente relacionada con la literatura, y me pronuncié una gran sinceridad, al admitir que en mi familia había querido matar a dos, es más, tres, aunque en el último minuto me flojearon las fuerzas. Justo después, creo que con mucho intención, me preguntaron si tenía muchos amigos, y para no quedar como un ser solitario, con dificultades para relacionarse, y aguantar las gilipolleces de los demás, respondí que 21. Con el tiempo, me pareció que me había quedado corto, pero con más tiempo, empecé a pensar que aquella cifra constituía una exageración.

Recuerdo que aquel cuestionario acababa con una propuesta fascinante: "Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?". Admito que estuve varios minutos pensando a qué se refería con el "esquema clásico", pero cuando decidí obviarlo, respondí que "pensaría con cierta nostalgia en un flotador, o en alguna vigilante de la playa, y en último caso, en Mitch Buchanan".

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