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Momentos estelares

Uno no tiene que arrugarse ante una actuación penosa. Cuando pasa el tiempo, estos son los grandes instantes de la vida

NUNCA ME coincidió, hasta hace unos días, salir de casa con una camisa blanca, sin planchar, y que alguien me felicitase por llevarla tan bien arrugada. En otro momento de mi vida una enhorabuena así, sarcástica, llena de mala hostia, me habría hundido en la miseria. En general, soy una persona muy sensible a los mazazos, por suaves que sean. Pero en esta ocasión me volví, sonreí con satisfacción, y le di las gracias, en un gesto que sonó de lo más sincero. Todo sucedió rápido, en cierta manera como si no hubiese sucedido nunca, mientras esperaba mi turno en una de las cajas del supermercado que hay al lado de mi casa. Era lunes, o miércoles, o puede que sábado. No era domingo, por ejemplo. En cambio, también podía ser jueves o martes. Sí recuerdo perfectamente que salí a última hora para comprar pan, o tomates, o una botella de aceite de oliva, no sé, y que ese día me había levantado temprano para trabajar a destajo, aunque al final no hice nada.


Yo nunca empiezo a trabajar sin más, tengo que aclarar. Empiezo a empezar, siguiendo unas pautas estrictas, que desconozco, y que sin embargo cumplo. Es un capricho, o una superstición, o quizá una mera inercia. Entre que me siento delante del ordenador para escribir, y finalmente escribo, muchas veces transcurren hasta dos horas, que ni siquiera garantizan que después escriba. Son dos horas en las que no ocurre nada literario. Empezar es una operación delicada, y sobre todo lenta, que si no se acomete con cordura se precipita a su fin. No pocas veces he querido ir muy rápido, y efectivamente he acabado sin escribir una sola frase. ¿Qué hago en ese tiempo? No tengo ni idea. Ni la menor idea. Ni putísima idea. Esa ignorancia es una de mis manías preferidas a la hora de escribir.

Ese día, como digo, trabajé a destajo, aunque sin obtener resultados palpables, y casi a la hora de comer salí a hacer la compra. Había estado escribiendo en pijama, es decir, intentando escribir, así que me di una ducha rápida y me vestí con lo primero que encontré, que fue una camisa limpia, o bastante limpia, sin  planchar,  perfectamente arrugada. Quién no se dice, de vez en cuando, «qué más da», y se conforma con hacer las cosas mal. Nunca piensas que alguien vaya a reparar en que llevas la camisa arrugada, y si repara, cosa que contadísimas veces ocurre, no crees que pueda hacer alguna observación al respecto. Tal vez si se trata de alguien conocido, sí. Y no está mal que así sea. Pero ¿un extraño? Te parece imposible, hasta que pasa.

En mitad de la cola, que parecía no avanzar, recuerdo que me volví y me encontré con la mirada  de  una  señora  mayor
atosigándome. No se molestó en disimular, y siguió mirando mi camisa, como si la molestase. Yo me giré de nuevo. Pero a los pocos segundos, en un movimiento sutil, advertí que no solo continuaba  mirándome,  sino  que además meneaba la cabeza, en franca desaprobación. «¿Va todo bien, señora?», le pregunté. Tal vez le estuviese pisando un dedo del pie, sin querer, o le hubiese robado la cartera sin percatarme. «Tengo que felicitarte porque no se puede llevar una camisa más arrugada», me soltó de repente. Sonreí mucho, pero sin sonreír demasiado, y le respondí «Gracias, la he estado arrugando toda la mañana».

Me pareció que mi reacción la cogía por sorpresa, porque agachó la cabeza y no volvimos a mirarnos. Más allá de que el aspecto de mi camisa era lamentable, yo había salido relativamente airoso. Me sentí igual que Terenci Moix el día que se encontró por primera vez con Josep Pla, en 1968. Aquel acababa de ganar el premio que llevaba el nombre del autor de ‘El quadern gris’, y alguna vez he leído que las primeras palabras de Pla, en el momento que los presentaban, fueron: «Me han dicho que es usted maricón». Terenci, en una demostración de buenos reflejos, le tendió la mano y respondió: «Sí señor, para servirle». No me parece que uno tenga que arrugarse ante una actuación penosa. Cuando pasa el tiempo, los instantes penosos se convierten en los grandes momentos de la vida.

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