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Mi pistola y yo

ME PREGUNTO cómo sería de emocionante, incluso de insulsa, mi vida si tuviese una pistola cargada. Es una de tantas preguntas estúpidas, extemporáneas, a las que en ocasiones se debe hacer frente sin querer, como si atracasen a uno por detrás, a la salida del banco; ante la posibilidad de morir acribillado, cualquiera preferiría responder. No me refiero a tener una pistola, digamos, y usarla de vez en cuando, para pasar una tarde amable, aunque solo sea contra una lata de tomate triturado. Me refiero simplemente a tener una pistola oculta entre un juego de sábanas, en el armario de invitados, y que nunca sacas de paseo, por miedo precisamente a agarrarla con la mano. Está ahí, en ese sitio oscuro y olvidado, y no quieres saber nada más. No la usarías ni loco, tal vez ni siquiera sepas para qué sirve, pero jamás te desprenderías de ella. Repito la pregunta, por si la he olvidado: ¿cómo sería mi vida si tuviese una pistola en casa? ¿Sería una historia de miedo? ¿Tal vez de suspense? ¿O una historia de amor?

Todos nos enamoramos algún día de un objeto inofensivo, como un reloj, una novela triste, o un sofá comodísimo y feo. Pero de vez en cuando no podemos sustraernos al amor por un objeto peligroso, que nos hará felices y desdichados. Pienso en un cigarro o una curva tomada a toda velocidad. Hay también casos de ciudadanos desesperados que se hacen abstemios hasta la extenuación y se enamoran de una pistola. Hablamos de un amor medieval e intacto por la misma pistola que seguramente un día sirva para que los maten. Pero es difícil sustraerse a un dolor.

Escuché perfectamente cómo desde dentro de casa alguien preguntaba sin interés: ''¿Adónde ha dicho este subnormal que va?'' Me lo tomé como un buen presagio

Hace tres años, durante un veraneo en el que me aburría de putísima madre sin parar, consulté el periódico local y descubrí que ese día la Guardia Civil organizaba una subasta de armas. Me pareció una iniciativa cultural relativamente atractiva, para lo que se acostumbraba en aquella localidad, así que me calcé las chanclas, me puse una camiseta sucia, y desde el jardín anuncié que me iba a comprar una escopeta. Escuché perfectamente cómo desde dentro de casa alguien preguntaba sin interés: ''¿Adónde ha dicho este subnormal que va?'' Me lo tomé como un buen presagio.

Tenía interés por conocer a la clase de chiflado, con perdón, que merodea en estos eventos. Cuando llegué a la comandancia, un guardia civil me miró de arriba abajo -no le pasó desapercibida mi pinta de imbécil- y formuló una hipótesis perfecta: ''¿Usted viene a la subasta, verdad?''. Asentí con un ''ajá'' apático, igual que si asistiese a un evento de aquellos todos los fines de semana.

''¿Usted viene a la subasta, verdad?''. Asentí con un ''ajá'' apático, igual que si asistiese a un evento de aquellos todos los fines de semana

En el interior, las armas estaban dispuestas a lo largo de una gran mesa, al estilo de postres caseros, y a su alrededor se movían fulanos con un aspecto absolutamente estrafalario, aunque a la vez no muy estrafalario. Me preguntaba si podría tocar las armas para calibrar su tacto, cuando observé que un señor pequeño y gordo, a la par que delgado, no solo tomaba un rifle sino que apuntaba con él. Ajustó la culata al pecho y atisbó el abismo a través de la mira telescópica. Me pareció que sabía lo que hacía, y me acerqué a pequeños pasos. ''¿Va usted a cazar un elefante?'', pregunté. Temí que el rifle tuviese una bala, pero cuando se volvió hacia mí, el hombre soltó una gran carcajada y dejó el postre sobre la mesa, para que lo comiese otro. Dio dos pasos en mi dirección -quizá me conociese de anteriores subastas, aunque yo era la primera a la que acudía- y entablamos conversación. Quise saber si entre el género que se exhibía allí era posible que hubiese una pistola con la que alguien -un asesino, por ejemplo- hubiese alguna vez cometido un crimen. ''No, pero se subasta el revólver con el que el Farruquito Negro atracó la sucursal de la CAM en Benicarló. Hubo dos heridos'', aseguró.

Pasé una tarde agradable rodeado de personas majísimas que habían acudido a la subasta en busca de un idilio, como si estuviesen buscando una pistola de la que enamorarse para toda la vida, con la que sentirse al mismo tiempo seguros y acorralados.

* Artículo publicado el sábado, 9 de mayo de 2015, en la edición impresa.

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