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Manos en movimiento

Hay días en los que el alma humana siente la necesidad de cortar por lo sano

CUANDO NO SABES QUÉ hacer con las manos, ni tal vez con la vida, a veces dejas que avancen como arañas hasta el teléfono, y entonces empiezas a mirar la agenda de contactos distraídamente. No buscas nada en particular, solo dar un sentido provisional a tus dedos, y quizás adivinar a dónde fueron a parar los viejos tiempos. Vas pasando nombres, abandonados a la deriva en la inmensidad del teléfono, mientras tratas de recordar cuándo fue la última vez que hablaste con algunos. No eres capaz, y eso te da una idea de los cambios de rumbo que sufre cada cierto tiempo la vida de una persona, dividida a su vez en vidas más breves, ajenas unas a las otras salvo por ese nexo que es uno mismo. Te preguntas, y con razón, si deberías borrar esos nombres, pues casi es seguro que no vuelvas a tener contacto con ellos jamás. Se volvieron polvo dentro de la agenda. Pero dudas, porque en el alma humana hay algo que la empuja siempre a conservar, y al final los dejas donde están. Qué mal te hacen. No ocupan espacio como sí lo harían un jarrón, un excenicero o una lámpara. Además, la vida da vueltas, a menudo en círculo, y ya casi te ves retomando el contacto.

Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXAHay otro grupo de nombres, más reducido, que ni siquiera reconoces. ¿En qué momento irrumpieron en tu agenda, qué planeasteis juntos, los reconocerías si los vieses? Antes de cansarte por nada, preguntando a otros si los recuerdan, pulsas ‘eliminar’. El alma humana también siente ciertos días la necesidad de cortar por lo sano. Nadie precisa más cargas de las que ya tiene. ¿Qué puedes esperar de alguien cuyo nombre no te sugiere una cara, un lugar o un año? El alivio es ficticio, pero tú adviertes que ahora el teléfono te aprieta menos, aunque te rodea igual que una corbata. Cada nombre borrado equivale a un ligerísimo peso menos. A veces resulta inevitable experimentar la sensación de que no se puede conocer a personas nuevas mientras no desaparezcan antes algunas viejas.

En ese viaje por los nombres que se van acumulando en la agenda como agua seca en los cristales, hace unos días recalé en el de un amigo escritor, ya muerto. Yo estaba en un tren, camino de Santiago, y el encontronazo, como en las ficciones, desprendió algo de real, sonoro, fluorescente. Hacía ya tres años y medio que había fallecido. No era la primera vez que husmeaba en la agenda de aquella manera, por aburrimiento de manos, así que solo me sorprendió vagamente encontrarlo allí, entre los vivos, como uno más. Aún no se volvió tan mandona la muerte que nos imponga un olvido total sobre los seres queridos que ya no están para amarnos, darnos compañía, prestarnos ayuda. Distinguir su nombre escrito, sin embargo, me sacudió el corazón.

Durante una fracción de segundo, quizá ficticia, creí que no se había ido. Me acordé de que, cuando estaba ya muy enfermo, le envié mi libro a su mujer, para que se lo enseñase. Él se encontraba en una habitación esterilizada, donde estaba prohibido entrar con papel, pero ella burló la vigilancia de las enfermeras porque aquel libro "sin duda y por desgracia será el último que vea. Me temo que nos faltará muy pronto". A la noche siguiente recibí un nuevo mensaje, que simplemente decía "Michel murió hoy a las 19.00 horas". Me quedé muy desorientado y solo. Sobre todo, solo. Por la mañana escribí mi primera necrológica para un periódico, no sé cómo. Durante varios días, cuando llegaba a casa, me sentaba ante el ordenador y abría la cuenta de correo con la que nos comunicábamos. Tenía la impresión de que recibiría uno de sus mensajes, siempre del tamaño perfecto, ni largos ni demasiado cortos, llenos de verbos en futuro. Poco a poco me fui dando cuenta de que nunca más lo vería. No nos escribiríamos, ni hablaríamos. Fue una desesperación espantosa. Sin embargo, ver su nombre en la agenda me hizo creer que estaba cerca. No sé por qué, pulsé la tecla de llamada y me llevé el teléfono a la oreja, imaginando ya esa voz que te avisa de que el número marcado no existe. Me quedé frío y azulado cuando de repente la línea dio tono.

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