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Los ochomiles

Es gratificante, aunque duro, que algunos días de la lectura ofrezca resistencia. Si siempre fuese sencillo sería menos enriquecedor

EN LA  biografía  de  todo lector hay momentos de debilidad,  cenagosos, en los que se columpia en libros simples que producen un placer efímero. No permiten que los agarres, aunque tengan ochocientas páginas. Funcionan a semejanza de un holograma o un espejismo. Pasan ante tus ojos, consumen tu tiempo, igual que esos cigarrillos que sostienes en la mano y que el viento fuma por ti, y no dejan huella alguna a medida que se alejan. Es como si nunca los hubieses leído, o los leyeses con las luces apagadas, a tientas, en una oscuridad total. Pero como el tiempo a veces te desnuda, y no sabes qué hacer con el sentimiento de hastío, lees con las manos.

Tal vez para compensar ese balanceo en la nada, en otros períodos uno invierte en lecturas peligrosísimas que lo agarran por el cuello, lo arrastran al rincón y lo vapulean. Son los ‘ochomiles’. Sus cicatrices no te olvidan, y tú nunca puedes olvidarlas a ellas. Hace dos semanas, persiguiendo datos borrosos de la vida de William Faulkner, me encontré con que su esposa, en una entrevista al Memphis Press-Scimitar, en diciembre de 1931, confesaba que durante la luna de miel su marido le había hecho leer el ‘Ulises’ un par de veces. «Cuando nos casamos, comenzó lo que él llamaba mi educación. Me dio el ‘Ulises’ de James Joyce para que leyera. No lo comprendí. Me dijo que volviera a leerlo. Lo hice y al fin entendí sobre qué estaba hablando el señor Joyce».

"Entender es un verbo ambicioso. Resbala. uno nunca entiende ciertas cosas"

«Entender» es un verbo ambicioso. Resbala. Uno nunca entiende del todo ciertas cosas, ni siquiera cuando las escribe personalmente. Y cuánto menos si lo que se afirma entender es el Ulises. «Tengo que convencerme a mí mismo de que he escrito ese libro», se dijo alguna vez Joyce a sí mismo. En una entrevista, en los años posteriores a la publicación de la novela, declaró que había escrito ‘Ulises’ para tener ocupados a los críticos durante 300 años, más o menos. «Lo que yo pido a mi lector es que dedique su vida entera a leer mis obras», añadió. Y tal vez fuese cierto, pues es sabido, incluso para quienes no lo han leído, ni piensan, o lo intentaron y fracasaron, que el libro está lleno de claves y elementos que, en último término, remiten al funcionamiento de la mente humana, al punto que el protagonista no es el señor Leopold Bloom, sino el lenguaje, incontenible y a la deriva, sin vacíos. Resulta casi gracioso que Samuel Beckett, uno de sus discípulos predilectos, manifestase que una vez Joyce le confió que «quizá he sistematizado demasiado el ‘Ulises’», que, recordamos, oscila entre las 600 y las 1.000 páginas, según la edición que se maneje.

Naturalmente, su exigencia no tiene que ver con la extensión. Juan Rulfo expulsó ‘Pedro Páramo’ en poco más de un ciento de páginas, y sin embargo, la novela solo se podía entender, según advertía el propio autor, después de leerla tres veces. Si se entendía perfectamente a la primera o a la segunda es que no se había entendido nada. Es gratificante, aunque duro, que algunos días la lectura ofrezca resistencia. Si siempre fuese sencillo leer, y plano, resultaría menos enriquecedor. Nada hace vibrar más a la mente que el hallazgo de las segundas escrituras. Wittgenstein llegó a decir que el ‘Tractatus’ es «una obra que consta de dos partes: la aquí presentada y la que no escribí. Justamente, esta segunda parte es la más mportante».

A menudo las cosas más sugestivas no se perciben a simple vista. Hay que escarbar. Piense en un cuadro. El buen artista no sitúa su mensaje en la primera capa. Acuérdese del cubismo. Louis Vauxcelles, desinteresado por esta corriente, decía despectivamente que era una pintura hecha con pequeños cubos. Qué barbaridad.

Se quedaba en la primera capa, lo que le impedía advertir lo que no sucedía a su vista, donde justamente estaba desapareciendo la perspectiva tradicional, y todas las partes de los objetos pasaban a formar parte de un mismo plano, ya que no importaba la apariencia de las cosas sino lo que se sabía de ellas. Definitivamente, mi propósito para 2016 será complicarme la vida con libros que me dejen hecho unos zorros. Al menos en el futuro tendré una cicatriz que mirar.

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