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Leer el diccionario

HABITABA un encanto antiguo en acudir al diccionario por acudir -aunque fuese para pintar la mona y reírte de él-, y destapar palabras extrañas que olvidabas al poco tiempo porque nunca encontrabas la ocasión idónea para usarlas. Las pronunciabas un par de veces a solas, en la intimidad que se establecía entre tú y el volumen, deletreándolas, como si dijeses "Lo-li-ta-luz-de-mi-vi-da", para contemplar el remolino que dejaban en el aire al enunciarlas. "Pero qué le ves al diccionario", le preguntaban a Julio Cortázar cuando era pequeño y hurgaba en su Pequeño Larousse a cualquier hora. "Todo", respondía.

Me temo que ya casi nadie emplea la enciclopedia o el diccionario para ir de aventura, a chapotear en términos desconocidos en los que no se te pierde nada. Sospecho que no lo hacen ni los propios filólogos, que ya solo se remiten a él para resolver una duda puntual y regresar a sus quehaceres corriendo. Echo de menos aquella forma de leer, casi absurda, quince páginas seguidas, sometiéndote al orden alfabético, tan militar. Poseía un encanto épico, hoy vetusto, descubrir una palabra y a la vez quince o veinte que, en función de la raíz, mantenían con ella una relación familiar. Y caías en él porque una tarde tu padre te aseguraba que un diccionario o una enciclopedia lo contenían todo, y que no te haría mal consultarlos de vez en cuando, aunque no te apeteciese.

Cuando alguien dice "Wikipedia" me vienen a la cabeza todas las enciclopedias de papel que mató"

No recuerdo la última vez que paseé por entre las páginas de un diccionario por pasear, otoñalmente, solo para disfrutar del paisaje. Eran aquellos días que te encontrabas de frente con una palabra tan en desuso, sobre la que había pegado tan duramente el sol que te daban ganas de rescatarla y escribir un libro a partir de ella. Podría titularse ‘El cantar del Mío Cid’ o algo parecido, que todavía no exista.

Cada vez que paso por delante de la estantería en la que están los diccionarios y las enciclopedias siento algo parecido al ruido de una tapa de hierro, como la del alcantarillado, que alguien trata, desde el otro lado, de abrir para salir. Nunca me detengo, porque a un poder así solo conviene temerle y huir. El hábito de sacar el diccionario de una estantería, o de consultar un volumen de una enciclopedia porque te asaltó una duda sobre una hecho histórico, ha quedado reducido a una aplicación para móviles o a la Wikipedia. Cuando alguien dice ese nombre -"Wi-ki-pe-dia"- me vienen a la cabeza todas las enciclopedias de papel a las que mató. Sus cadáveres están desparramados por miles de salones de casa, aunque su extinción es una de esas hecatombes sin consecuencias materiales, que alcanza solo a la gente nostálgica, capaz de deprimirse cuando aplasta una hormiga.

En aquellos volúmenes descansaba un conocimiento perfecto. Contenían todo lo que necesitabas conocer, y nada más. Eso te daba tranquilidad, porque sabías que nunca habría en sus páginas sitio para ti. Sin embargo, en la Wikipedia cabe cualquier idiota; hasta tú. En cierto modo, representa el fin de tu sueño de juventud, cuando ante la enciclopedia de tus padres te preguntabas qué pasaría si un día la leías entera. Era una tarea titánica, pero factible. Hace años escuché en algún sitio que Aldous Huxley había leído hoja por hoja los treinta volúmenes de la Enciclopedia Británica, y desde entonces pienso que, tras esa lectura, fue investido de un poder especial que le permitía ver el futuro exhaustivamente, y como consecuencia de eso, escribió ‘Un mundo feliz’ con perfecto conocimiento de causa. No fue el único. Evelyn Byron también leyó la Británica durante una estancia de cinco meses en el Polo sur, para entrar en calor. En cambio, ¿quién se atrevería con los 37 millones de artículos de la Wikipedia, aunque quepan dentro de un teléfono?

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