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Las cosas quieren ser personas

QUIÉN NO GUARDA unas zapatillas que nunca se pone, o libros que jamás volverá a leer, doblados por el lomo, de la artrosis, o camisetas pequeñas, viejas, agujereadas por un porro, que un día fueron sus favoritas, o un mechero sin gas, con su nombre grabado, aunque ya no fuma, o un souvenir ridículo de un viaje perfecto a Roma, o un teléfono en desuso, o bolígrafos que no escriben, o libretas con notas que no cuentan nada, o gafas pasadas de moda por las que ya no ve con claridad, o un carné de conducir caducado que no sirve para circular, o una carta de una expareja a la que hace quince años que no ve, o un ordenador que ya no arranca, y que en su interior guarda la primera tentativa de escribir una novela, influenciada por Umbral...

Son objetos muertos, tiesos, anónimos, a los que les chupamos toda la sangre, que sin embargo son depositarios de una biografía, digamos, doméstica. En concreto, de nuestra biografía. Resisten al paso del tiempo, y a la llegada de lo nuevo, en cajas que a veces guardamos debajo de la cama, o en el trastero, pero también viven a cuerpo en estanterías o, por qué no, encima de la mesa del salón, para que se vean bien. Representan eso que bien podríamos llamar porquería, a la que otorgamos gran valor, y que somos incapaces de tirar. En el fondo, la amamos. Es algo impenetrable, hosco, como tantas otras cosas que nos resultan cercanas.

Todas las casas, por pequeñas que sean, refugian objetos inútiles. Nos negamos a deshacernos de ellos bajo la ilusión de que tal vez un día renazcan y cumplan otra vez un cometido trascendental. Bien puede ser —pensamos en ocasiones para consolarnos— que de repente algo que no poseía ya relevancia alguna, en un instante bellísimo, inesperado, la adquiera.

Quizá  toda  esa  simbología anónima, esos objetos viejos, constituyan simplemente un acto de defensa, contra el hecho de que ahora ya no hay camisetas, ni calzoncillos, ni zapatillas, ni vehículos, ni bebidas, ni teléfonos, ni muebles, sino apelativos industriales que los reemplazan. En lugar de las cosas de toda la vida, ahora está el nombre, la marca, la identidad de un objeto sintético. Los sustantivos comunes con los que siempre nos referimos al mundo viven una transición al vacío, a la oscuridad, en fin, al ostracismo, empujados por los nombres propios. ¿Un teléfono a secas? ¿Nada más que un traje a medida? ¿Una bebida pura y dura? ¿Una silla sin mayúsculas? No. El mundo se ha transformado profundamente desde los días en que la realidad estaba formada por nombres comunes. La sociedad del consumo no aguanta tan pocos detalles. Las cosas son muy poca cosa si no están revestidas de una denominación que les proporcione una jerarquía excepcional. En este sentido, no existe ya un objeto en el mercado que no tenga algo de exclusivo, que no sea único, que no esté revestido de una esencia que lo distinga del resto. Porque será parecido a todo demás, pero a la vez completamente distinto, superior, inaudito, inimitable. En el fondo, las cosas nuevas sueñan con ser personas.

No existe ya un objeto en el mercado que no tenga algo de exclusivo, que no sea único

La realidad no trata últimamente con sustantivos comunes, genéricos, arrugados. El rótulo mercantil, la marca, le confirió a los objetos la personalidad que añoraban. Aquellos artículos seriados del pasado, reunidos alrededor de palabras lacias que se asignaban a todos los objetos que compartían forma, color, olor, sabor, etcétera, se rindieron al prêt-à-porter que desprende una cosa con un nombre propio y exclusivo. ¿Como se podría hablar de motos existiendo Honda o Yamaha? ¿Alguien recuerda cuando a un Alcatel se le llamaba teléfono, o a Absolut vodka? ¿Acaso unas New Balance son unas zapatillas deportivas y punto, Moleskine un cuaderno de notas y se acabó, Iphone un teléfono, Montblanc una pluma o The New Yorker una revista? En estas condiciones, me temo que es normal que algunas veces nos aferremos todavía a los objetos viejos, sin apellidos, para parecernos a la persona que fuimos.

Artículo publicado en la edición impresa de El Progreso del sábado 27 de febrero de 2016.

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