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La solapa de un libro

EN UNA ÉPOCA lamentable y divertida de mi vida creía que cuando una editora te llamaba por teléfono, y te reclamaba un texto biográfico para incluir en la solapa de tu próxima novela, a punto de publicarse, tenías que esmerarte. Era un texto valioso, tal vez insignificante, pero a la vez importantísimo, del que dependía tu carrera, aunque fuese a pasar completamente desapercibido. Ese textito de mierda, por así decir, era lo primero que iban a saber de ti algunos lectores, y no querrías defraudarlos y que creyesen que eres una persona como las demás, con un lugar y un año de nacimiento, y que entre un momento y otro se limitó a hacer cosas, como escribir ese libro, o no escribir algunos otros.

Recuerdo que la primera vez que me enfrenté a mi biografía en una solapa, me llevó varios días escribirla, borrarla, escribirla otra vez, retocarla, escribirla, arrojarla a la papelera, y después escribirla varias veces más. Cuando al fin estaba escrita, perfecta, aún tuve que borrarla, pues ocupaba varias páginas, y no había solapa que resistiese aquel tostón.

Con el paso del tiempo, y la llegada de una nueva época lamentable y divertida, me conciencié de que las biografías de los autores debían de tender a la ligereza, para que sus lectores —si es que tenía lectores— no llegasen a la primera página del libro agotados, con la sospechosa idea de que el escritor era un individuo predestinado, y en el fondo un poco cretino. En ese momento, sin embargo, todavía creías que, dentro de la ligereza, la solapa podía ser un espacio para hacer literatura. Terrible error. Yo lo cometí. No hay que intentar ser ingenioso cuando escribes tu biografía en la cubierta de tu libro. Nunca. No. Y no. Ni ingenioso, ni brillante, ni otras maravillas por el estilo.

Un día te olvidas del título de tus primeros libros o de tu fecha de nacimiento. Te vas borrando

En una tercera época, divertida y lamentable, después de escribir, pongamos, tu cuarta novela, te llama tu nueva editora. Mientras escuchas atentamente cómo te pide que, por favor, le envíes una pequeña biografía y blablablá, tú ya estás pensando en esas cinco o seis líneas. Apenas colgáis, redactas un párrafo lacónico, casi miserable, como si estuvieses escribiendo la lista de la compra. Después tachas la mitad, corriges las falas de ortografía y las erratas, y le das a enviar. Listo. Te olvidas.

Es curioso, porque a medida que tu bibliografía crece, tu biografía mengua hasta ese punto exánime en el que estás acorralado contra la pared, preguntándote cómo te llamas. Llega un día que te olvidas del título de tus primeros libros, incluso de la fecha de tu nacimiento. Te vas borrando. Quizá, en el fondo, te afecta, o te gusta pensar que te afecta, aquello que Scott Fitzgerald expresó en ‘The crack-up’: «Nunca se ha escrito una buena biografía de un buen novelista. Es imposible: un buen novelista es demasiadas personas en una».

Ni que decir tiene que tú no representas eso que Fitzgerald llamaba un «buen novelista», pero qué coño, tú te imaginas que sí porque si no serías escritor. Forma parte de tus obligaciones creerte, en tu interior, el mejor escritor del mundo, y reírte de tu puta madre. Después de todo, te lo dijo Faulkner: «Sueña siempre y apunta más alto de lo que sabes que puedes hacer. No intentes ser mejor que tus contemporáneos o tus predecesores. Intenta ser mejor que tú mismo».

En un momento posterior, después de diez novelas, tu editora, que ya es un equivalente a una madre, te sigue llamando y tú respondiendo, ambos metidos en un bucle de días lamentables y divertidos. «Y mándame la biografía, por favor», te dice de pronto, como en vísperas de todos tus libros, sin darle importancia. Entonces, por primera vez en todos estos años, tú niegas con la cabeza, como si te viese a través del teléfono, y le respondes que ya te gustaría, pero desgraciadamente no sabes quién eres, como si un escritor nunca fuese él, sino otros, al estilo de Beckett, cuando deambulaba por París como un fantasma, y una tarde se le acercó un parisino y le pregunto si era Samuel Beckett. «A veces», respondió.

La solapa de un libro
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