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"La novela está muerta"

Entre escritores no está mal visto hacer esta afirmación y, a continuación, ponerse a escribir otra novela como si nada


CADA VEZ QUE un escritor dice "La novela está muerta" ocupa varios titulares y provoca uno de esos incendios divertidísimos que se apagan con la punta de un zapato, desde el bar, sin soltar la botella de cerveza. Entre escritores no está mal visto afirmar que la novela murió, y a continuación ponerse a escribir otra novela como si nada. Ni siquiera se trata de una incoherencia digna de mención. Tom Wolfe, Milan Kundera, Roland Barthes, Félix de Azúa, Michael Hirst o Eduardo Mendoza son solo algunos de los autores que han alegado, en un sentido u otro, que la novela está muerta, haciendo un alto en la novela que, tal vez, estaban escribiendo en ese mismo momento.

Pero la vida sigue, como si la muerte no fuese el final de nada. En último caso, supongo, se pueden escribir novelas muertas sin que ello impida que a la vez sean obras maestras. "La novela está muerta" solo es una frase más. Incluso podría ser una buena frase para empezar una novela. Recuérdenme que comienza así mi próximo libro.

Tampoco representan una rareza esos otros individuos, a menudo también escritores, que afirman que leer novelas es una pérdida de tiempo de puta madre. Benjamin Disreali decía que cuando necesitaba leer un libro lo escribía, y así se ahorraba algunos sinsabores. Sánchez Ferlosio, por su parte, no tiene reparo en admitir que pocas cosas le aburren tanto como leer novelas, y desde luego escribirlas. Puede presumir de coherencia, pues hace décadas que como autor no frecuenta el género. Nadie fue más contundente, sin embargo, que Josep Pla. Es célebre ese momento de A fondo, el programa de entrevistas que conducía Joaquín Soler Serrano, en el que el escritor ampurdanés afirma: "El hombre que lee novelas a partir de los 35 años creo que es un cretino. ¿No lo cree usted?".

El galgo había destrozado los libros que yo había colocado sobre el sofá, para que no durmiese alli

Ya no hay pronunciamientos tan categóricos. Yo fui testigo de una acción solo ligeramente parecida hace tres años, cuando adopté un galgo y me lo llevé a vivir conmigo. Molesto porque la perra se iba a dormir al sofá, un día decidí llenarlo de libros, para que no lo encontrase del todo cómodo y se acostumbrase a pasar la noche en el suelo. Lamentablemente, a la mañana siguiente, cuando me levanté, descubrí con horror que había destrozado los libros. Si uno se fijaba bien, advertía que todas aquellas tripas esparcidas por el salón eran novelas exclusivamente, algunas incluso escritas por mí. Solo la Metafísica de Aristóteles, en la versión de tapa dura, editada por Gredos, había quedado intacta. Porque no es una novela.

Muerta o no, la novela es un clavo ardiendo que hay que saber agarrar para que no te queme. A veces adviene el desencanto, inevitablemente. Y otras incluso la locura. Hace siglo y medio, en el estado de Virginia, las autoridades autorizaron la construcción del Trans-Allegheny Lunatic Asylum, un sanatorio diseñado por el prestigioso arquitecto Richard Andrews siguiendo el plan Kirkbride, defensor del llamado "tratamiento moral". Según esta filosofía, la salud mental de los pacientes mejoraba si se les dispensaba un trato humano y se les internaba en lugares soleados y confortables, con habitaciones amplias, luminosas, bien ventiladas y decoradas con buen gusto. Entre los años 1864 y 1889, la institución elaboró un amplio catálogo de razones que podían justificar el ingreso de un paciente dentro de sus muros. Junto a los síntomas habituales, se señalaban otros más extravagantes, como la patada de un caballo en la cabeza, las supersticiones, la excitación política, la masturbación durante más de 30 años, la supresión repentina de la masturbación, el exceso de estudio, las malas compañías o el whisky de ínfima calidad. Nada que no fuese normal en el siglo XIX.

Perdido en las decenas de síntomas, sin embargo, el Trans-Allegheny incluía la lectura de novelas como otra razón para acabar en el psiquiátrico. No deja de ser hermoso que una novela te empuje hasta ese precipicio. En el fondo, cuando abrimos un libro de ficción todos vamos a la búsqueda de algo que nos cambie la vida, aunque solo sea durante unos minutos.

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