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La música tenía un nombre

ENNIO MORRICONE cuenta que estaba en su casa, a finales de 1963, cuando una mañana sonó el teléfono. "Buenos días, me llamo Sergio Leone...", se presentó un señor que se definió como director de cine. Quería saber si podría pasarse esa tarde por su casa para hablarle de un proyecto al que deseaba que pusiese banda sonora, en el que pretendía reescribir el western, mezclando el modelo norteamericano con la commedia dell’arte italiana. A Morricone el apellido Leone le sonaba, aunque sin acertar de qué. Cuando el desconocido se presentó en casa advirtió que se parecía a un muchacho que había conocido en tercero de primaria. "Pero, ¿tú eres Leone, el de mi colegio?", preguntó. "¿Y tú Morricone, el que iba conmigo al viale Trastevere?", replicó el otro. Ennio recuperó una fotografía del colegio, y allí estaban ambos. Fue así como se conocieron por segunda vez, y empezó una de las relaciones más célebres y fructíferas del cine.

Esa noche salieron a cenar y al acabar fueron a ver Yojimbo, de Akira Kurosawa. A Morricone le pareció un horror, pero a Leone le encantó. No sólo le gustó sino que halló la clave para rodar su nueva película, que acabaría titulándose Por un puñado de dólares, y con la que cosechó tanto éxito de taquilla –costó 200.000 dólares y recaudó 14 millones– que Kurosawa se animó a demandar a la productora. Al principio nadie confiaba que la película pudiese siquiera salir de los cines de Italia. Para que tuviese gancho, y pasase por una cinta norteamericana, trabajaron con seudónimos. Gian Maria Volanté aparecía como John Wells, Morricone firmaba la música como Dan Savio, y Leone se convirtió en Bob Robertson. El único que utilizó su propio nombre fue, precisamente, el protagonista, el hombre sin nombre, un casi desconocido Clint Eastwood, rememora Morrione desde En busca de aquel sonido, un libro de entrevistas publicado por Malpaso.

Aquella primera colaboración puso a prueba la relación entre el músico y el director. "Estuvimos a punto de romper en la escena final", admite el primero. Leone pretendía usar una pieza musical en la fase de montaje que Dimitri Tiomkin había compuesto para Río Bravo, de Howard Hawks. "Como uses eso, dejo la película", amenazó Morricone, que se saldría con la suya, y aprovechó una canción de cuna que había compuesto hacía años para Los dramas marinos, de Eugene O'Neill, y que le coló sin decirle nada. Acabó siendo el tema principal de la película, después de tomar la base y escribir sobre ella la nueva melodía, que primero sería silbada por Alessandroni y luego tocada a guitarra eléctrica por D'Amario. Alessandroni contaba que en la sala de grabación, el director lo intimidaba dándole una palmada en el hombre y diciéndole: "Bien, hoy tienes que silbar lo mejor que puedas, ¿de acuerdo?". 

El silbido funcionó tan bien que la siguiente película, en 1965, arrancaría con un hombre a caballo silbando a lo lejos. "El tema musical era nuevo, pero conservé el silbido de Alessandroni y la guitarra de D'Amario", cuenta Ennio. La película se tituló La muerte tenía un precio, y Morricone dio un salto de madurez al proporcionar a cada protagonista una caracterización musical. Mejoró la fórmula dos años después, cuando la llamada trilogía del dólar se cerró con el estreno de El bueno, el feo y el malo, en la que desde los créditos aparecen los tres protagonistas a caballo y con la misma melodía tocada por instrumentos distintos: una flauta para el bueno, la voz para el feo, y la ocarina para el malo, y así "subrayar que, aunque diferentes, los tres tienen una identidad común". Esta vez la película, perseverando en la búsqueda de cierto primitivismo, comenzaría con un el aullido de una coyote. Ese famoso inicio no es el logro musical más célebre de la película, lugar lo ocupa "L'estasi dell'oro", una pieza con la que durante años bandas como Metálica y los Ramones abrieron sus conciertos. Hasta ese punto la colaboración con Sergio Leone le proporcionó fama e influencia a Morricone, que sin embargo, tal vez horrorizado ante la etiqueta de músico de western, dice que todavía hoy considero aquellos temas entre los peores que he escrito para el cine".

La música tenía un nombre
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