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"Hola, ¿está Onetti?"

Una de las fotografías de la exposición 'Reencuentro con Onetti: Veinte años después'. EFE
Una de las fotografías de la exposición 'Reencuentro con Onetti: Veinte años después'. EFE

Guardo el viejo número de teléfono de Juan Carlos Onetti en Madrid, escrito en un trozo de periódico. Me reencontré con él este viernes, al tomar El astillero y abrirlo al azar; estaba entre las páginas 142 y 143. Me hice con el número durante una exposición que organizó el Centro de Arte Moderno de Madrid para conmemorar el vigésimo aniversario de su muerte. Entre los objetos del escritor expuestos había una tarjeta personal. Al distinguir en la parte inferior su teléfono, no me resistí a anotarlo. ¿Para qué? Para nada, lógicamente. Me pareció un recuerdo curioso e inútil. Pensé que quizá en el futuro podría servirme de algo. Hace algunos años conseguí por casualidad un número que había pertenecido a Alejandra Pizarnik, y acabé utilizándolo en una novela. Nunca sabes hasta dónde llega de lejos un detalle real en una ficción.

Recuerdo perfectamente la tarjeta con el nombre del autor uruguayo escrito por entero en letras minúsculas. Era solo un objeto menudo de los muchos de la exposición, en la que se recreaba el dormitorio de Onetti en su domicilio de la Avenida de América. Quizá el mayor atractivo era la cama en la que se pasó tumbado buena parte de su vida en España, desde mediados de los años setenta. Estaba ligeramente deshecha, y cubierta por una colcha floreada y muy deslucida. Pese al cartel que pedía "No tocar los objetos expuestos", me tendí sobre ella durante unos segundos. Nadie me vio.

Justo al lado, en la mesilla, se encontraban los libros que Onetti tenía para su lectura cuando murió. Eran cinco novelas policíacas de Hadley Chase, una biografía de Horacio Quiroga y las memorias de Vittorio Gassman, Un gran porvenir a la espalda, en las que el actor confesaba su admiración por su jardinero y por Juan Carlos Onetti, al que emocionaba tanto que Gassman lo citase junto a su jardinero que siempre tenía fotocopias de ese pasaje a mano para regalar.

En la misma vitrina de la tarjeta con su teléfono, se mostraban una mano de madera, que usaba para rascarse, y las campanas con las que llamaba desde la cama a las personas que lo cuidaban. Nada comparado, sin embargo, con la selección de ceniceros. Onetti no era nadie sin fumar. Cuando ya estaba muy mal, y sin fuerzas, y había abandonado el tabaco, de vez en cuando prendía un cigarro y miraba cómo echaba humo. "Tú no sabes lo que es un vicio", le decía a su mujer.

También se exponían algunos mecheros. Eran una debilidad. El día de su entierro, una de sus nietas se encargó de repartir entre los amigos que acudieron a despedirlo los encendedores que Onetti había ido dejando por casa. Le horrorizaba quedarse sin fuego. Cuando le entregaron el premio Cervantes, aguantó el trance de salir de casa gracias al tabaco. Al sacar el primer cigarro, finalizada ya la ceremonia, en el patio, tomó un cigarrillo, palpó los bolsillos del chaqué y —horror— no encontró el mechero. Como a su lado estaba el rey Juan Carlos, le preguntó: "¿Tienes fuego?". El monarca dijo que no y Onetti se alejó ansioso.

Eché un vistazo detenido al trozo de periódico con su viejo teléfono, y volví a dejarlo en mitad del libro. No pasó ni un minuto y lo recuperé. "Fuck off", me dije en alto, y marqué el número alegremente. No sabía qué pretendía; supongo que solo confirmar que la línea había sido dada de baja, aunque durante un instante fantaseé con que descolgaban y yo saludaba "Hola, ¿está Onetti?". Empecé a ponerme nervioso cuando de pronto oí tonos. Deseaba colgar, pero también no colgar. ¿Qué demonios diría si contestaban? Podía razonar que me había confundido al marcar, o a lo mejor ser franco y explicar que ese número, hace veinticinco años, pertenecía a Onetti, y me picaron la curiosidad por averiguar quién era ahora el titular de la línea, y a la vez las ganas de hacer el tonto. Por suerte, al sexto tono saltó el contestador de la compañía y colgué. Me fui tranquilizando. Aunque ahora tengo miedo de que devuelvan la llamada.

"Hola, ¿está Onetti?"
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