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Haz lo que quieras

No sé lo que voy a hacer con mi vida, ni quiero. Cuando conoces demasiados detalles sobre hechos que pasarán, pierden su encanto

SIEMPRE HE tenido las cosas claras, y la que más, que no sé qué hacer con mi vida, ni quiero. En eso soy inflexible. No deseo tener la menor idea de qué demonios va a ser de mí después de esos cinco o seis días que todos tenemos por delante, y que funcionan a semejanza de unas montañas rojas, o verdes, que nos impiden ver claramente qué hay más allá. Maruja Torres me decía hace poco que ella vive de dos en dos horas, tal vez deteniéndose a tomar aire o fumar un cigarro entre experiencia y experiencia. Cuando conoces demasiados detalles sobre hechos que aún no han pasado, y que pasarán, las cosas pierden encanto de repente. Ocurre lo mismo cuando recibes consejos, que son esa clase de pistas, lejanamente infalibles, que sirven para atajar en el camino que, se supone, te conduce a un bello acierto. Por alguna razón preferimos no cometer errores, pero ¿nos hace bien saltárnoslos?

En cuestión de consejos, también tengo clara mi posición: no sé. Algunos días me parecen valiosos. En un mismo día, de hecho, me parecen valiosos y una puta porquería. En general, no soy partidario de decir a la gente qué tiene que hacer, ni de preguntárselo. Nada de consejos."Haz lo que quieras", ese es mi consejo. Casi siempre es un buen momento para equivocarse y empezar de nuevo, incluso para acertar. Ante la dificultad para alcanzar tus propósitos, creo que será provechoso ir de un lado a otro dando tumbos, como si caminases a oscuras, en busca de paredes en las que sostenerte. Esta manera de evolucionar como persona ante el hallazgo de dificultades, creo que define muy bien cómo se consuma el progreso humano: a hostias en la oscuridad contra la pared.



¿Por qué nadie elabora decálogos para fracasar bien e irse a su casa tan ancho?


Pedir consejo resulta muy tentador, y en algunas ocasiones arriesgado. Hace tiempo, Carlos Boyero, durante uno de sus célebres chats, recibió una extraña pregunta de una internauta, que le contaba que esa semana tenía una cita en casa de un amigo. Él ponía la cena y ella la película, aclaraba, y le pedía consejo a Boyero, aunque admitiendo que la película le resbalaba, porque "realmente lo que quiero es quedarme a dormir". Ya sabemos cómo es Boyero. Y el que no lo sepa –justo ahora, qué cojones, le voy a dar un consejo– debería aprenderlo enseguida, pues se trata de una personalidad fascinante. Muchos días no estoy de acuerdo con él, pero me cuesta renunciar a leerlo. Ese día, ligeramente ofendido por la consulta de la mujer, le habló con una claridad trepidante y gélida: "Nada más entrar hágale una mamada como dios manda. O mejor, retrásela, pero hágale pensar que la cosa va por ahí. El alcohol ayuda. El cine es secundario. Ya tendrán tiempo de ver películas cuando hayan follado un montón. Que tenga usted suerte. Otro día hablamos de cine".

La sola idea de que pueda existir una fórmula más o menos segura para obtener el éxito en una empresa, y ahorrarse los trámites del fracaso, me pone de los nervios. No pida consejos, hágalos usted mismo. He ahí un buen lema. Nada de esto es comparable, sin embargo, a lo enfermo que me pone que alguien crea conocer esa fórmula. Es agradable pensar que hay que confiar en el caos, y que no hay caminos, sino montes. Lamentablemente,nuestra obstinación en alcanzar el éxito ya no tiene curación. Es una pena que no leyésemos a tiempo a Augusto Monterroso, cuando aconseja no perseguir los laureles. "El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta ‘El Quijote’. Aunque el éxito es siempre evitable, procura obtener un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan", proponía.

Pero quién no sueña con aplastar el caos reinante, como el que alisa un folio arrugado, y al finalizar, satisfecho, proclamar: "Así se hacen las cosas". Es un fenómeno que me hace pensar en los decálogos: siempre son decálogos para alcanzar el éxito. ¿Por qué nadie elabora decálogos para fracasar bien e irse a su casa tan ancho? Aún recuerdo cuando Millôr Fernandes se preguntaba por qué ningún país erigía nunca un monumento autocrítico, del tipo El Arco de la Derrota .

Haz lo que quieras
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