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Es bonito comer ratas

LA IMPROVISACIÓN tiene detractores y tiene partidarios. En la misma medida provoca menoscabos y otorga ventajas. Depende. Hay gente que no puede vivir sin ensayar, organizar, prever cada factor de cambio con adelanto, porque la idea de enfrentarse a algo nuevo sin una bala, como quien dice, siempre en la recámara, equivale para ellos a caer al vacío desde un edificio de trescientas plantas de altura. Digo trescientas porque, sinceramente, aborrezco cuando me quedo corto en las comparaciones. En el lado opuesto se hallan los que inventan una salida en cada minuto de la vida, o de lo contrario los días le sabrán a plástico viejo y quemado. Lo digo desde ahora: yo estoy con estos. Lo estoy en tal medida, que desconozco de qué demonios tratará esta columna.

Entre los personajes que improvisan me vuelve loco Emil Cioran, un hombre que solo tenía la sensación de resultar eficaz, de estar haciendo algo positivo, cuando se tumbaba en el sofá para interrogarse indefinidamente, sin objeto. Nada de planear. Si hay que hacer algo, ya se hará en su momento. También es la línea de Bogart en ‘Los violentos años veinte’, cuando el gánster al que interpreta aconseja que «si tienes algo que hacer, lo mejor es que lo haga otro». La gente que prevé, calcula, mide, es partidaria del trabajo ímprobo, y nada más dañino para el organismo. En cambio, los individuos que no prevén nada en absoluto, ni siquiera qué van a comer este mediodía -pongamos que cuando usted lee esto son las 13.35 horas-, es partidaria de cierta dosis de tedio, y por lo tanto de sofá. Prever cansa. No tienen plan, pero están tumbados.

En mi vida, triste y corta, no he visto innovar a nadie con la osadía de Toño del José María, vecino de Vilardevós, el día que murió Maldonado

No hay como estar desesperado, decía Quincy Jones, y tener que comer ratas de desayuno. No tardas demasiado en encontrar otra cosa para la cena. Las ratas están bien solo para una vez. Mi admiración se inclina hacia esos individuos acorralados por las circunstancias, capaces de inventar siempre una salida a una situación agónica. Se niegan a comer ratas. Produce gozo ver cómo se las ingenian, aunque sea con un gato estofado. Definitivamente, no están los tiempos para concebir grandes sueños, como vivir algún día en un chalé junto a playa, o reescribir paso a paso ‘El Quijote’, como si aún no estuviese inventado. El que alimente esa clase de planes, con el debido respeto, ya puede metérselos por el culo.

En mi vida, triste y corta, no he visto innovar a nadie con la osadía de Toño del José María, vecino de Vilardevós, el día que murió Maldonado. No conocí al señor Maldonado, pero mi padre atestigua que se trataba de un tipo muy alto, muy bueno, muy apuesto, muy simpático, muy generoso. Muy de todo. Tal vez falleció por eso, precisamente, por acaparar mucha ambición, cuando se sabe que con una poquita, vas que te cagas; y vives más años. En el momento triste y definitivo que la comitiva fúnebre alcanzó el cementerio, y el cura proclamaba los últimos responsos, Toño advirtió que el ataúd no cabría en el nicho. Al menos sobresalía dos cuartas. Era un error inadmisible de cálculo, aunque al mismo tiempo constituía un bello reto para la razón humana, que debía actuar contra una lógica adversa, casi hija de puta.

''¿Qué hacemos?'', preguntó el sacerdote a los parientes, superados por la adversidad, y de pronto bloqueados. En el fondo, todos sabían que, alcanzado aquel punto de no retorno, solo se podía hacer una cosa. Se llamaba improvisación. ''Yo me encargo, si queréis'', se ofreció Toño, con humildad. En el minuto en el que la familia abandonó el cementerio, y Toño se quedó a solas, se hizo con un hacha. Primero acortó el ataúd, y al acabar se puso con las piernas de Maldonado, que tronzó un poco por debajo de las rodillas. Arreglado. Algo planificado largamente ya solo saldrá adelante a cambio de que se improvise. Me río de la gente con bellos proyectos a largo plazo, tipo ''me caso en verano'' o ''no vuelvo a beber en lo que me queda de vida''.




Artículo publicado el sábado, 30 de mayo, en la edición impresa.

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