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Encerrado en casa

Ilustración. MARUXA
Ilustración. MARUXA

AL FIN GANA prestigio la decisión de no ir a ninguna parte y quedarte en casa, encerrado con tus provisiones. Hay días, quizá no muchos, que te gusta pensar que el destino se dirime no cuando te vas del hogar, sino cuando llegas. Todo lo que necesitas está ahí, o al menos todo con lo que te conformas. Saber donde encontrar cada cosa, y que esté a solo unos pocos pasos te sumerge en una gran calma, igual que no ser atropellado cuando sales al pasillo sin mirar, o no tener que hablar por hablar.

En los ochenta, durante unas vacaciones en Baiona, conocí a un señor que jamás salía de su piso. Vivía en un edificio de dos plantas de altura, y en último término, se asomaba a lo alto de las escaleras, que eran exteriores, y departía con los vecinos. Había sido marinero, y tras de un accidente laboral sufrió una depresión, y luego simplemente su mundo se encogió hasta ceñirse a su piso. Empezó a aborrecer todo lo que sucedía fuera de sus márgenes, y ya nunca acabó. Esa desafección fue una tarea que le llevó el resto de la vida. Desde las ventanas de su vivienda, en lo alto de una loma, veía el mar, la orografía de la localidad, y eso le bastaba.

Cuando necesitaba algo del exterior, y lo necesitaba todo el tiempo, su mujer y sus hijos se lo suministraban. La familia negociaba en su lugar con la realidad. Para lo demás, estaba la televisión. Y el tabaco. Nunca, o casi nunca, vi a nadie fumar de aquel modo. Usaba siempre una boquilla de plástico, color marfil, y sostenía los cigarrillos entre los dedos como si fueran cabezas cortadas. La primera vez que lo vi yo tendría siete u ocho años, y él casi sesenta. Para entonces llevaba unos diez años encerrado. Estaba sentado en un sillón orejero, desgastado, al que le colgaban cientos de hilitos, y vestía una camiseta Abanderado blanca, de tirantes. Dormía con ella, y como al levantarse no iba a ninguna parte, la llevaba puesta todo el día.

Una casa no son meras paredes. Es un universo. No digamos si la casa pertenece a Beatriz Viterbo, como en El Aleph. En la introducción a En casa. Una breve historia de la vida privada, Bill Bryson cuenta que, en cierta ocasión, enfrascado en las cosas normales de la vida, echó un vistazo a su casa y se quedó sorprendido, y también horrorizado, al advertir lo poco que sabía sobre el mundo doméstico que lo rodeaba. "Una tarde, sentado a la mesa de la cocina, jugueteando con el salero y el pimentero, se me ocurrió que no tenía la más mínima idea de por qué, de entre todas las especies del mundo, tenemos un vínculo tan perdurable con estas dos. ¿Por qué no pimiento y cardamomo, por ejemplo, o sal y canela?". Poco después se preguntó por qué todas las chaquetas de sus trajes, colgadas en el armario, tenían una hilera de botones inútiles en cada manga. Y así perplejidad tras perplejidad.

"De pronto, la casa empezó a parecerme un lugar lleno de misterios ", confiesa Bryson. Y se puso a escribir una historia del mundo circunscrita a lo que había dentro de una vivienda, descubriendo que todo aquello que sucede en el mundo termina, de una manera u otra, en tu casa. "Guerras, hambrunas, la Revolución industrial, la Ilustración, todo está ahí, en los sofás, en las cajoneras, entre los pliegues de las cortinas, en la aterciopelada suavidad de las almohadas, en la pintura de las paredes y en el agua de las cañerías ", señala.

Qué eres capaz de hacer al regreso al hogar, después de trabajar o visitar amigos, médicos, librerías, bares, teatros, exposiciones, tiendas o cualquiera de las infinitas posibilidades que hay ahí fuera, dice mucho de ti. En la intimidad nos ponemos a prueba. En tu casa has de ser capaz de crecer, perfeccionarte, divertirte. Cuando introduces la llave en la cerradura y empujas la puerta, y te dices "ya estoy aquí", empieza una gran aventura. En ocasiones, si te lo propones, puedes incluso perderte. No digamos si tienes trastero, o cajones que no abres más que de año en año, o carpetas con viejos recortes. Sí, la casa también puede ser el extranjero, lo cual la hace todavía un lugar más fascinante.

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