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Empezar siempre

A veces, intento llegar al final, como si algo solo estuviese completo en el instante en que se alcanza un punto, es frustrante


ALGUNAS COSAS, cuando se quedan a medias, hallan su final perfecto. No podían acabar mejor, aunque en realidad no finalicen, sino que se interrumpan para siempre. Ese "a medias" en el que se detienen, y se desmayan, equivale muchas veces al bellísimo "no va más" que pronuncia el crupier en la ruleta.

Cuando la semana pasada, el edil de cultura de Vilalba (Lugo), decidió suspender a media función el musical Abba, porque era horrible, proporcionó a la obra un final perfecto. Fue la última pieza del puzle. El espectáculo adquirió de pronto, con la irrupción en el escenario del concejal señalando que aquello era una auténtica mierda, vuelo; se volvió realmente artístico.

A veces intentar llegar al final, como si algo solo estuviese completo en el instante que, digamos, se llena, o alcanza un punto más allá del cual no se puede seguir, genera frustración. La vida humana está llena de finales que nos decepcionan. El final, después de todo, es algo que se va formando en nuestra mente, y si lo de dentro no coincide con lo de fuera, la vida nos chirría.

Ojalá pudiésemos dejar más cosas a medias, plantadas, como en una cita a la que no se acude. El momento culminante de toda creación a menudo es siempre el comienzo. Qué hay más bello e inolvidable que un libro que empieza bien. Ni siquiera hay que seguir leyendo. En un buen comienzo está todo, aunque no se vea a simple vista.

Incluso las cosas que al final salen mal requieren de un tiempo mínimo para deteriorarse

César Aira acostumbra a decir que su forma de escribir se resume en un "ir improvisando". Se lanza a la aventura y nunca planifica cómo evolucionarán sus novelas después de las primeras páginas. "El instante de empezar es el más divertido", afirma. Luego, hay momentos en que se aburre, quiere empezar enseguida otro libro, y tiene que matar a todos los personajes para acabar pronto. En su noción de novela, "lo ideal sería dejarlas inconclusas".

En casa hemos vivido siempre al borde de un ataque de nervios cuando mi padre anunciaba con entusiasmo que tenía una nueva afición. Sabíamos que esa pasión duraría poco, sería intensa, pero fugaz. Conocíamos el final, porque no existía, así que el día maravilloso era el primero, cuando anunciaba que se había comprado un curso de guitarra a distancia, o que coleccionaría relojes de bolsillo, o que se suscribía a National Geographic…

Todos pasamos por un momento de clarividencia en el que nos preguntamos "¿pero qué estoy haciendo?" Si tenemos sangre fría, nos respondemos nosotros mismos con cierta franqueza, e inmediatamente dejamos de hacer lo que estemos haciendo; seguramente, una estupidez. No siempre nos mostramos dispuestos a decirnos la verdad, y continuamos hasta el final dando tumbos y pensando "a lo mejor no está tan mal". A mí me ha pasado al menos con  un par de libros. Tardé varios años en descubrir que no estaban bien escritos, ni bien ejecutados. Lamentablemente, llegué hasta al final, justo al punto más peligroso en el que puede desembocar un escritor, ese en el que ve publicada la basura que escribe.

Los dos libros arrancaban relativamente bien, o casi bien, pues incluso las cosas que al final salen mal requieren de un tiempo mínimo para deteriorarse. En el fracaso, digamos, también existen trámites que cumplimentar. Pero a la mitad, o un poco antes, la claridad se fue confundiendo con su contrario, y alcancé el final a tientas, tocando las paredes para orientarme en la oscuridad. Me obstiné en ver publicado el libro, y alguien me castigó publicándolo. Todavía no sabía que para escribir bien hay que arrojar a la papelera las cosas que escribes, y volver a escribir, y después llenar otra vez la papelera con toda esa porquería. Hay que empezar muchas veces a escribir desde cero.

Mi mejor libro, todavía hoy, es uno que no llegué a escribir en 2011. Ese año me permití no escribir ese, y dos más, en el que fue uno de los años más prolíficos de mi vida, cuando me demostré que a veces no hay ni que acabar ni empezar nada.

*Artículo publicado el sábado 24 de octubre de 2015 en la edición impresa

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