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El derrumbe

El desgarramiento paulatino e implacable de la cotidianidad, a veces, es un acontecimiento común a todas las vidas

SOY UN  un  desaprensivo  y disfruto viendo cómo se derrumban las grandes torres. No es algo que ocurra a menudo. A veces tienes que estar años enteros delante de la ventana, con la nariz pegada al cristal, para ver su desplome. Te entretienes empañando el vidrio con tu aliento y haciendo dibujos con el dedo. Cuando te das cuenta, el tiempo ha pasado volando y de repente notas cómo tiembla el suelo, y miras hacia arriba y descubres que llueven cascotes. Existen pocos estruendos tan fastuosos, dramáticos y emocionantes. Suenan como la guitarra de Agnus Young en AC/DC. En ocasiones incluso como Richard Strauss.

El  derrumbe  es  uno  de  los grandes temas de la humanidad. El cine lo trata continuamente, y lo mismo la literatura. «La vida hecha añicos» podría ser el título de la autobiografía de cualquiera de nosotros. El desgarramiento paulatino e implacable de la cotidianidad, a veces imperceptible, aunque no menos real, es un acontecimiento común a todas las vidas. Incluso también a nuestros sueños. Las cosas no tienen que haber sucedido como a nosotros nos gustaría para que, al poco tiempo, o tras un tiempo razonable, incluso largo, se vengan abajo. Las esperanzas y las ambiciones, que son cosas que no han pasado, pero en las que depositamos nuestra fe para que sucedan en algún momento, también se desploman. Antes o después, casi todo cae. Puede ser desde una altura elevada, o apenas desde un pequeño escalón, en cuyo caso es posible recuperarse y retomar la ascensión. Lo bueno de las pequeñas esperanzas  con  las  que  todos nos levantamos cada día, y que son el combustible del que se alimenta el cuerpo, es que no se rompen. Se caen, hacen ruido, pero puedes recogerlas del suelo igual que una de esas gominolas que encuentras debajo del sofá, a las que soplas para retirar la pelusilla, y te las comes, con la sensación de que te han salvado el día. El futuro promisorio que tenemos en nuestra cabeza siempre termina por fagocitarse, sin embargo. Y cuando es el futuro de otros, que cometieron el error de pensar que no había techo sobre sus cabezas, y podrían vivir toda su vida muy arriba, sin tocar el suelo, la alegría se vuelve un refugio infame en el que nos gusta cobijarnos.

Cada vida, por supuesto, se derrumba a su manera. Algunas ni siquiera hacen ruido. Equivalen a ese plof, plof, plof, que provoca el goteo del grifo de la cocina, que lleva años averiado, y que da mucha pereza arreglar. Llega un instante en el que ni siquiera lo oyes. Peor sería, desde luego, que un día, de repente, el goteo desapareciese, como si las cosas de alguna manera se arreglasen solas. Probablemente dejaría tras de sí un vacío insoportable, en forma de cráter limpio, cegador, radioactivo. Tendrías que taponarte los oídos para no volverte loco, y aún así te volverías loco de remate, porque algunos silencios agujerean paredes. Nuestros sueños rotos, quiero decir, no levantan polvareda. Tal vez la levanten, pero estamos tan acostumbrados que el polvo nos deja ver perfectamente, igual que un plof, plof, plof para los ojos.

Cada vida, por supuesto, se derrumba a su manera. Algunas ni siquiera hacen ruido

Es el nuestro un desplome menor, de estructura sencilla, y que sangra poco. Se parece al acto de tomar un papel, en el que habíamos estado escribiendo algunos de nuestros propósitos para los próximos días, o meses, y estrujarlo con las dos manos hasta convertirlo en un balón que encestas en el cubo de la basura.

Pero algunos días asistimos a un espectáculo mayor, a una caída tremenda, que nos recuerda  a  Cioran  cuando  sostenía que podemos imaginarlo todo, predecirlo  todo,  menos  hasta dónde podemos hundirnos. Te pasarías los días mirando el hongo que levanta el remolino, embobado, cuando se hunde un gran nombre. Tus gustos son tan humildes, que te hacen feliz cosas lejanas y tristes, como las desgracias de unos tipos que no sabes si tienen hijos, leen poesía, o se ponen el pijama para cenar.

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