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El bigote de Borges

 

EN ARGENTINA se está librando un intenso debate sobre si mantener a Borges en su formalismo, dentro de un recipiente de formol, o desacralizarlo. María Kodama, su viuda, es su guardiana feroz. Se enfada y pone a sus abogados a trabajar cuando alguien crea a partir de Borges, en lugar de rezarle dos padrenuestros, y dejarlo donde está. Su última víctima es Pablo Katchandjian (1977), que en 2009 escribió ‘El Aleph engordado’, basado en el cuento de Borges sobre la experiencia mística vivida por su protagonista en la casa de Beatriz Viterbo. Katchandjian, que había hecho algo parecido con el ‘Martín Fierro’, ordenando sus versos por orden alfabético, añadía en su experimento 5.600 palabras al texto original de Borges, que tiene unas 4.000.

El proyecto nació del modo más simple. "Un día, de la nada, escribí en mi libreta: 'Engordar textos -p.ej. ‘El Aleph’' Unos meses después empecé a hacerlo. Y fue bastante trabajoso, porque quería permanecer en una posición intermedia al engordar: no ser yo ni tratar de ser Borges, es decir, no perderlo a él ni perderme a mí. Sí deslizarme a veces más para uno y otro lado, pero sin llegar a ser paródico -porque no quería eso- ni tampoco, digamos, hostil y agresivo -ya que el texto me estaba recibiendo, había que ser amable", cuenta el autor en una entrevista en ‘La Tercera’.

La reacción de Kodama, heredera única de los derechos de Borges, fue interponer una querella por plagio. Los jueces absolvieron a Katchadjian en primera instancia, los abogados de Kodama apelaron y la causa llegó a la Cámara de Apelaciones, que confirmó el sobreseimiento. Kodama apeló nuevamente y la Cámara de Casación decidió dar salida a la querella. El pasado 18 de junio, el escritor fue procesado.

Desconozco cómo acabará todo. Por lo pronto, uno de los abogados de Kodama, para justificar la férrea defensa de Borges, alegó que "es como si alguien pintase bigotes a la Gioconda". No es un mal argumento, salvo porque ya Duchamps pintó bigotes a la Gioconda, y no ocurrió nada.

Los autores eternos son impermeables. Nada los mancha. Si los lees una vez prenden como una llama que ya nunca se apaga. Te queda su cicatriz. Los experimentos que se hagan con ellos en nada los ofenden. Al contrario. Un escritor muerto quiere estar en las manos de otros escritores, y que su obra se mueva, salte, dé tumbos, se le dé patadas como a una pelota, y al final de cada día, intacta, se lea con pasión. Si el experimento es malo, se olvidará al poco tiempo; si es bueno, como el que ensayó Michel Lafon con Pierre Menard, al convertirlo en un personaje real, se entabla un diálogo con Borges que ya nunca cesa.

Un escritor se vuelve interesante en la medida que, después de leerlo, experimentas la necesidad de pelear y jugar con su obra, imitarla. Un día incluso quieres matar al autor porque es tu ídolo y su legado te pesa demasiado. Ni que decir tiene que al concluir este proceso convulso y efervescente, él no tiene un rasguño y tú sangras por la nariz. Pero recordarás este periodo como uno de los más felices de tu vida. En cambio, los autores que se guardan en una vitrina para que nadie los manche, como si fuesen sábanas santas, se vuelven aburridos. Llega el día que nadie los lee, solo los admiran, con la boca muy abierta y vacía, para que entren moscas.

Hace unos meses quise hacerme con unas viejas obras completas de Borges, para una cosa. No fue fácil. Los precios eran obscenos. Finalmente, una amiga encontró una edición de 1989 en tres volúmenes en una feria del libro antiguo, a un precio razonable. Y alguien dirá: "Pero gilipollas, ¿y por qué no compraste unas obras completas nuevas?" Bien dicho. En realidad lo intenté hasta el último aliento, y así fue como supe que una de las editoriales que las había publicado se quedó sin ejemplares, porque aburrida de mantenerlas en un almacén, ordenó que se destruyesen, para liberar sitio. No quedó ni un volumen. Pero esto, como se sabe, no es una ofensa para Borges.

El bigote de Borges
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