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¿El baño, por favor?

Hace cuatro años acudí a una feria literaria en otro país con el fin de participar en varias mesas redondas a lo largo de tres días. La organización había elegido, para el programa de ese año, un tema que, honestamente, ya no recuerdo. No sé qué de literatura y autobiografía, o belleza y barbarie, o novela y postmodernidad. En fin, ni idea. No es que no lo recuerde porque no tenga memoria —desde luego que no la tengo— sino porque el relato que querían imponer los organizadores de las jornadas cambió inesperadamente de rumbo, y a todos los escritores participantes dejó de importarles el tema de sus conferencias y mesas redondas. ¿Qué pasó? Empezó a correr de boca en boca un chismorreo, y de repente lo anecdótico se volvió lo crucial. No se vio venir. Fue como un incendio que se lo llevó por delante.

TallónCuando llegué al hotel, un miércoles, hice migas con un par de escritores que me pusieron al día de lo que se cocía por allí. Me mencionaron alguna charla que merecía la pena, de pasada, el nombre de dos restaurantes y de varios bares, y al final me hablaron de un asunto del todo frívolo que mantenía en vilo a la tropa de escritores invitados: había un poeta que, desde su llegada a la feria, hacía cinco días, todavía no había visitado el baño. "Son muchos días", coincidimos, con todo de preocupación, y enseguida sonreímos, pero en silencio, sin dar la puntilla al caso, para no ser malas personas del todo. Hay que ser malos, digamos, al treinta por ciento. No pasar de ahí casi te hace bueno. De hecho, intenté ponerme en el lugar del poeta un par de segundos, pero sentí un escalofrío. Cinco días es media vida.

A la mañana siguiente, cuando bajé a desayunar, coincidí con los mismos escritores del día anterior. Lo primero que hice fue preguntar por el poeta. No podía ponerme en su piel, pero sí mostrar interés por su situación. "¿Sabemos si ha ido ya al baño?", pregunté. Uno de los novelistas meneó la cabeza. Fue un gesto rotundo, como cuando dices "No. En absoluto, nada de nada. Ni por asomo. No y no. Jamás. Ni siquiera tiene sentido. Definitivamente, no". Todo seguía igual, es decir, un poco peor, pues había pasado otro día. Lo peor de todo es que la situación era vox populi. En la feria se hablaba de literatura, de borracheras, y cada vez más de los apuros del poeta. Para rebajar el dramatismo, me puse a bromear con un episodio de Los Soprano en el que uno de los capitanes fallece en el váter del Satriale's mientras hace esfuerzos ímprobos por superar la obstrucción intestinal tras una semana en el dique seco.

En el penúltimo día de feria, con los invitados hablando ya solo de una cosa, estalló el scoop. ¡El poeta había ido al baño! Después de siete días de espera, a media tarde, en el recinto de la feria, sintió unas punzadas pavorosas. Era una buena señal, en realidad. Y a la vez alarmante, porque estaba en la feria, y sólo pensar en el estado lamentable en el que se encontraría los baños, usados por centenares de personas, sintió arcadas. Era un alma extremadamente sensible. Optó por tomar un taxi y dirigirse al hotel, a sólo cinco minutos. "Al Guaparo, por favor", le pidió al taxista. Pasado un cuarto de hora, sospechó que tardaban demasiado en llegar. Y necesitaba ir al lavabo ur-gen-temen- te.

"¿Acaso vamos por el camino largo?", preguntó furioso. No conocía muy bien la ciudad, pero… "No, señor, aquí está el Guaparo", y señaló el hotel. El poeta miró por la ventanilla. No sabía cuánto más podría aguantar. "Pero este no es el Guaparo", dijo contrariado. "Sí lo es, señor. Fíjese: Guaparo Suites", y señaló al letrero. "¡Yo estoy alojado en el Guaparo Inn!". Aquello era el fin. "Ah, ¿al Guaparo Inn quería ir usted?", preguntó el conductor, mientras arrancaba de nuevo. Transcurrieron otros quince minutos. Cuando al fin se bajó del coche, y corrió a su habitación, comprobó con horror que la puerta no abría. La tarjeta se había desconfigurado, y tuvo que bajar a recepción.

Así se escriben a veces los relatos: son imposibles de escribir. Pasa algo insignificante, risible, humano, otro relato, que nadie buscó, y es el que se impone. Mala suerte.

¿El baño, por favor?
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