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El número de Berlanga me acompañó varios años. A veces abría la agenda y lo miraba sin atreverme a marcarlo. Cuando lo hice, saltó el contestador

SOLO UNA vez acudí a hacer una entrevista que después nunca se publicó. Fue a un importante gestor cultural y todo salió mal desde el principio. Esperé una hora a que me recibiera, y ese fue el mejor momento, porque llevaba conmigo El cuarto de atrás y me lo pasé bomba. Cuando entré en el despacho la conversación aún tardó en empezar, pues el entrevistado recibió una llamada apenas me senté y conecté la grabadora. Pulsé stop y aguardé diez minutos. Me pareció que hablaba con una hermana, porque de vez en cuando se refería a un misterioso tío para decir "menudo es el tío", "caramba con el tío" o "el tío está gagá". Mientras, yo me fijaba en lo que había sobre la mesa, donde me llamó la atención una agenda. Las tapas eran duras y estaban rematadas en un metal dorado. En el centro se leía el nombre del dueño, grabado en una incrustación que imitaba al oro. "Es de oro", me dijo tapando el auricular con una mano, para que su hermana no lo oyese. Concluí que me había leído la mente, y que era la clase de cretino que no podía dejar pasar por alto un error ajeno, aunque solo fuese de pensamiento.

"Qué bonita", mentí, a sabiendas de que seguramente me leería de nuevo la mente y advertiría que en realidad me parecía un horror. No añadió nada y se dispuso a atravesar un sobre con un abrecartas de plata. De repente, levantó la cabeza y comentó, cubriendo el teléfono con la mano nuevamente, que "por dentro es más bonita todavía". Asentí como si me importase un bledo, aunque me moría de ganas por abrirla y espiarla. Cuando al fin se despidió de su hermana y pude accionar la grabadora, a la segunda pregunta lo llamó de urgencia "el ministro". No precisó qué ministro. Apagué la grabadora. Por suerte, el diálogo fue brevísimo, pues al ministro a su vez lo llamó "el presidente", y retomamos nuestra entrevista pendiente. Encendí la grabadora. La paz se interrumpió a los tres minutos porque llegó un camarero con unos cafés y unas pastas, lo que me obligó a apagar la grabadora. La encendí y enseguida la desconecté para que el entrevistado pudiese ir al baño. A esas alturas la estrella de la entrevista era la grabadora. Me empezó a parecer merecedora de un perfil. Al fin y al cabo, hacía unos años ya le había dedicado una necrológica a la nevera de mi abuela, que duró 38 años.
Imagen para el blog de Juan Tallón (09/12/17). MARUXA
No desaproveché la ocasión y, en cuanto me quedé solo en el despacho, cogí la agenda y la abrí al azar, por la letra R. La vista se me fue a nombres como Salman Rushdie, Margarita Riviére, Paul Ricoeur, Cecilia Roth o Félix Romeo. Uf, aquello prometía. Retrocedí a las primeras páginas y ahí vi los contactos de Alberto Alcocer, Josefina Aldecoa, Azcona o Iñaki Anasagasti. Vaya, vaya. Me salté varias letras hasta la S, donde entre otros estaban, que recuerde, Saramago o Rosa María Sardá. La agenda también era de oro por dentro. En la K estaban Milan Kundera y Esther Koplowitz, y en la M Ian McEwan y Toni Morrison. Cuando los nervios me llevaron hasta la G y distinguí, junto a Gunter Grass, el nombre de García Berlanga, no me resistí a apuntar su teléfono en la libreta, antes de dejar la agenda en su sitio.

Salí contentísimo de la entrevista, que fue un desastre. Por distintas razones, como que la grabadora no grabó y que el gestor cultural pidió que no se publicase, nunca vio la luz. El número de Berlanga, en cambio, me acompañó varios años. A veces abría la agenda del teléfono y lo miraba un buen rato, igual que contemplas dentro de su caja un reloj que heredaste de tu padre y que no llevas en la muñeca por miedo al deterioro o la pérdida. Entonces un día me dije: ¿Y si llamo a Berlanga? No sabría que decirle, pero ¿y qué importaba eso? Simplemente saludaría y con el tiempo podría contar que hablé con él. Pero al final no me atreví. Dejé pasar varios meses y una tarde encontré la determinación para marcar el número. Me temblaban las piernas. Al cuarto tono saltó el contestador. No llegué a decir "hola" y colgué. Esperé otros pocos meses y en noviembre de 2010 García Berlanga murió.

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