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Cosas de otra edad

HELENA TIENE 16 meses, y hace algunas semanas pretendió ser escritora, como su padre, así que se puso a aporrear el teclado de su ordenador. Se lo había visto hacer a él montones de veces, a cualquier hora, y sin demasiado criterio. Quizá dedujo que podía ser divertido. Las frases fluían, aunque no tuviesen sentido. A su padre, que la había sentado en sus piernas, le resultó entrañable el modo ingenuo con el que jugaba a escribir, y ligeramente tosco, como tocar un tambor. Empleó tanta energía, que en unos pocos segundos consiguió estropear el ordenador. Cuando su papá se dio cuenta de que no funcionaban las teclas e, w, r, q, s y t, se subió por las paredes. No le gritó porque era una niña de 16 meses, pero en cuando la madre llegó a casa, le anunció con enorme malestar que su hija le había jodido el portátil. La broma de parecer escritora, en lugar de una niña que no sabía ni hablar, iba a costarle cara. A la larga, no se podía escribir nada ameno, profundo o inteligente, sin esas cinco letras. Ni siquiera un sincero y simple "te quiero". En efecto, tres días después del accidente, el padre de Helena, es decir yo, tuvo que comprarse un portátil nuevo. Y todo porque nunca nos conformamos con hacer cosas propias de nuestra edad.

Cada etapa de la vida posee sus hábitos, y es una mierda. Por eso queremos ser mayores, o más jóvenes, antes que resignarse a lo que la sociedad y sus costumbres nos tienen reservado para cada momento. Algunos placeres van ligados a hacer cosas de otra edad, ya sea intentar escribir una novela a los 16 meses, o correr maratones a los 70, cuando inexplicablemente empiezas a sentirte más fuerte, sano y jovial que nunca, al punto que incluso vuelves a beber. En estos casos siempre me viene a la cabeza el día que conocí al fotógrafo Virxilio Viéitez. Fue más o menos un año antes de su fallecimiento. Su talento ya se reconocía a nivel internacional, y un día le pedí a su hijo Paco que me lo presentase.

A las pocas semanas me citó en Soutelo de Montes (Pontevedra). Después de darnos una vuelta por el pueblo, me condujo a la casa de sus padres. Entré hasta el dormitorio, y allí encontré a Virxilio, acostado en la cama, enfermo. Tenía una mascarilla en la cara, conectada a una bombona de oxígeno. Nos pusimos a hablar, y en un momento que su mujer y su hijo nos dejaron a solas, apartó la mascarilla y me preguntó: "No tendrás un pitillo?". Era su día de suerte, pensé. Por esa época yo hacía cosas de mi edad, y siempre tenía conmigo dos paquetes de Chesterfield. Antes de cometer una imprudencia de la que tuviese que arrepentirme, le pregunté si le sentaría bien fumar, dado su estado. Me dijo que sí con la cabeza, y me quedé tranquilo. Yo mismo le encendí el cigarro. No recuerdo a nadie fumar con una pasión tan adolescente, y a la vez con tantas dificultades. Después de cada aspiración tosía. Tosía mucho. Me daba el cigarro y se colocaba la mascarilla. Apenas se reponía, sedesconectaba del oxígeno de nuevo y decía "ya estoy", y yo le devolvía el cigarro. Estaba fuera de edad y de salud para fumar, pero ¿y qué? En los días que también Juan Carlos Onetti se encontraba muy mal de salud, prendía un cigarro y miraba cómo echaba humo. Solo miraba, ni siquiera fumaba. "Tú no sabes lo que es un vicio", le decía a su mujer.

Los días se vuelven menos aburridos si uno puede acometer luchas extemporáneas, de otra época. No me avergüenza contar que un mes antes de que Helena la tomase contra mi ordenador, le regalaron un orinal con música. No tenía edad para usarlo, pero quisimos que se familiarizase poco a poco con él. Con ese propósito, lo monté y le puse pilas, que hicieron sonar los compases de la Marcha turca de Mozart. La niña se horrorizó, e intentando atraerla a la causa, yo mismo me senté en el orinal. "Mira, mira", le dije. Fue divertidísimo durante algunos segundos, hasta que se rompió, y la madre se puso a gritar y a decirme que tenía el cerebro de un niño de dos años.

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