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Consultorio literario

Admiro a la gente que sabe decir "no" sin añadir nada más

CUANDO ALGUIEN te escribe y te pregunta si te molestaría que te enviase un manuscrito, siempre estás tentado de decir que no se moleste. La vida ofrece ya bastantes sinsabores por sí sola. Pero al final yo nunca soy capaz. No estoy preparado para caer en una tentación así como así. Me resulta fácil admirar, por tanto, a la gente que saber decir "no" sin añadir nada más. No porque no. A algunas personas ese "no" se nos hace una palabra larguísima, que reemplazamos por otra que ni siquiera es sinónima. Hace dos semanas me escribió un desconocido. Deseaba enviarme su libro. Yo prefería que no lo hiciese, pero al final, entre unas cosas y otras, le di mi dirección. Si la tenía Jast Eat, por qué no un escritor.

Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXA

El día que la cartera me entregó el libro me juré no leerlo. Lo dedicaría a decoración. Pero al poco me escribió otra vez el autor. "¿Lo has leído? ¿Te ha gustado?". Me pareció que acababa antes leyéndolo que admitiendo que no lo había leído, ni me apetecía. Estaba mal escrito, los personajes eran planos y el argumento una repetición de otros argumentos. Cuando le escribí a su autor para expresarle que me parecía un horror, rebajé el tono tanto que incluso destaqué un par de aciertos. En el siguiente mensaje me pidió si podía decir en público cuánto me había deleitado su obra. Así que aquí estoy, por decir otra vez que "sí", cuando en realidad era todo que "no". Tal vez al fin aprenda la lección, sin embargo. Y no porque me haya equivocado demasiadas veces. Ja. A mí las experiencias negativas solo me sirven para incurrir en ellas más veces. Me acabo de comprar Correo literario (Nórdica libros), de Wislawa Szymborska, simplemente. Es una recopilación de respuestas que la poeta polaca daba a los escritores noveles que dirigían sus manuscritos al consultorio literario de la revista Vida Literaria a partir de 1960, cuando el semanario incorporó esa sección. La atendían ella y Wlodzimierz Maciag. No les daba pena ser duros con los autores. La dureza tenía distintos grados. Por ejemplo, con Miel Zygfryd fueron delicadamente severos: "En sus textos hay algo: cierta imaginación, cierta burla, cierto sentido del absurdo (¡muy de moda!). Pero habría que reescribir cada relato, como mínimo, unas cinco veces todavía. Le recuerdo, de paso, que Chéjov reescribía sus textos siete veces, y que Thomas Mann hacía cinco correcciones (entretanto se inventó la máquina de escribir)".

Con Olsztyn R.S. optaron por ser didácticos: "El intento de escribir una historia rimada de Polonia en una veintena de estrofas no ha dado buen resultado, artísticamente hablando. […] Conseguir una máquina de escribir en la que tantas esperanzas parece tener depositadas (‘todo iría mucho mejor’) no es una necesidad imperiosa. Nos ha dejado seriamente preocupados su intención de escribir poemas directamente a máquina". Con Chelm Tomasz no hubo pedagogía posible: "He escrito por casualidad veinte poemas. Me gustaría verlos publicados"… Desgraciadamente, tenía razón el gran Pasteur cuando dijo que el azar solo favorecía a los espíritus preparados".

Creo que mis respuestas favoritas son las de bellísima crueldad. Por ejemplo, cuando Lódz K.T. les envío unos versos que empezaban con un "Amo lo bello y lo sublime / Amo las noches y la rosas / Y amo tus miradas felices / Que convierto en mariposas". "Nos gustaría saber cómo se hace eso y con qué propósito", expresó Szymborska. Puck Elwira casi me dio pena: "La principal virtud del relato titulado Caricia es que no está escrito en verso. No podemos decir lo mismo del poema El sacerdote y la moza". Y qué decir de Niepolomice Pegaz: "Pregunta usted si la vida tiene algún ‘balor’. El diccionario de ortografía contesta que no". Con Kielce A.B. acabaron mostrándose cariñosos: "¿Es su primer poema y ya nos lo envía para que lo valoremos? Nos parece realmente precipitado. Esas dos estrofas sobre las lilas solo pueden tener valor para la persona a la que están dedicadas. Si el chico no queda con usted para dar un paseo, se las tendrá que ver con nosotros". A E. L. le ofrecieron un consejo muy práctico: "¡Intente usted enamorarse en prosa!".

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