Jueves. 14.12.2017 |
El tiempo
Jueves. 14.12.2017
El tiempo

Cómo ser Bill Murray

Consume parte de sus energías en hacer cosas inesperadas, agradables

Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXA
Ilustración para el blog de Juan Tallón. MARUXA

TENGO UN amigo que tiene un primo, al que no puedo ni ver, que la primera vez que estuvo en Montreal, por trabajo, coincidió en un hotel con Woody Allen. En Nueva York, en el baño de un restaurante, otra vez vio hacer pis a Jerry Seinfeld. A la salida de un concierto de música clásica, en Londres, avanzó varios pasos a la par de J. K. Rowling. En la terraza del Café di Fiore, en París, desayunó al lado de Roman Polanski. A Calista Flockhart la descubrió probándose zapatos durante una estancia en Roma. Tuvo más citas así, por casualidad, que ya olvidé porque me parecían inventos. Me gusta citarlo como ejemplo de gilipollas perfecto. A su favor añado que ningún gesto de escepticismo que pueda escapársete, mientras lo oyes presumir, lo lleva a dudar de sí mismo.

Hace poco, sin embargo, empecé a creer que tal vez no mintiese. Fue a raíz de oír que muchísimas personas afirman que una vez se les acercó Bill Murray por detrás, mientras estaban distraídas, les tapaba los ojos y les preguntaba: "¿Quién soy?". Cuando se volvían y descubrían a Bill Murray alucinaban, y antes de encontrar algo que decir, el actor les susurraba al oído: "Nadie te va a creer". La anécdota registra otras variantes, en las que Murray te roba una patata frita de la bolsa, o llama a la puerta de tu casa con una pizza, o te arrebata el cigarro de los dedos para darle una calada, o se inmiscuye en la foto que le están haciendo a dos novios tapándose la cabeza con la camiseta y rascándose la barriga. Al final siempre dice "Nadie te va a creer".

Gavin Edwards, autor de Cómo ser Bill Murray, un divertidísimo libro publicado el año pasado en Blackie Books, asegura que conviene creerse muchas de las historias que se cuentan sobre el actor. "Todas estas cosas han sucedido de verdad. Hay pruebas fotográficas de que Bill Murray ha cantado en un karaoke con desconocidos, o de que se ha colado en partidos de kickball". Edwards afirma que habló con infinidad de personas que se encontraron con él y escucharon sus célebres palabras: "Nadie te va a creer". El golfista Dan McLaughlin coincidió con el protagonista de Lost in traslation en el torneo de golf de Pebble Beach y le preguntó si era verdad que iba diciendo esa frase por ahí. "Ah, sí, todo el rato", confirmó Murray.

Hacer cosas inesperadas, que vuelvan agradable la vida de los demás, consume parte de sus energías. En 2006, tras participar en un torneo de golf en Escocia para famosos, se fue a tomar una copa por su cuenta a un sitio llamado Ma Bells. Allí coincidió con una estudiante noruega de antropología social, que lo invitó a una fiesta en una casa particular. La verdad es que en Escocia todo cierra muy pronto. Allí el lema es: "Bueno, a otra cosa", explicaría más tarde el actor. La fiesta se celebraba en una vivienda de estilo georgiano y estaba llena de estudiantes de intercambio. A falta de copas limpias, al actor no le importó beber vodka de una taza. "Y no solo eso: se dirigió al fregadero, se remangó la camisa y empezó a fregar los platos". Cuando se extendió el rumor de que una estrella de cine estaba en la cocina, la fiesta se llenó de escandinavos.

En otra ocasión, en Austin, acabó en un local hípster bebiendo chupitos. Cuando el dueño, agobiado de trabajo, le preguntó en broma si no querría ponerse detrás de la barra, Murray se puso a servir copas. "Se inclinaba, escuchaba atentamente al cliente, luego cogía la primera botella que tenía a mano y servía lo que le apetecía, casi siempre un chupito de tequila Hornitos", cuenta Gavin Edwards. Eso fue antes de que otro día, en Oakland, se subiese a un taxi para ir a Sausolito, a 30 millas, y empezase a hablar con el conductor, que resultó ser un saxofonista frustrado. "¿Cuándo ensayas?", le preguntó. En realidad, casi nunca, porque trabajaba catorce horas al día. "¿Dónde tienes el saxo?". "En el maletero". Murray lo mandó parar, coger el saxo y ensayar en el asiento de atrás. Él conduciría.

Después de esto, cómo no creer a un gilipollas embustero como el primo de mi amigo.