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En  2008, durante un curso que impartía César Aira en Santander, compartí habitación durante tres noches, en el Palacio de la Magdalena, con un señor de Mojácar. En clase tomaba notas en un cuaderno de dibujar enorme, de anillas, y escribía con un rotring que le prometía a las frases mil años de vida. Me pareció, a simple vista, un tipo pintoresco. Tendría cuarenta años, le faltaba la punta del dedo meñique, y al principio no hablaba mucho. Se soltó en la segunda noche. Estaba dándole vueltas, me confesó, a la idea de escribir una novela. Todos estamos dándole vueltas a eso, le dije, sin intención de emborronar sus sueños. Cambió de tema enseguida. 

Me contó que en ese momento vivía en Badalona, donde trabajaba en una ferretería. "He vivido en cincuenta mil sitios, y en cada uno he tenido un trabajo diferente. Sé hacer de todo, menos escribir una novela", comentó con una mezcla de buen humor y, a lo lejos, amargura. Había leído un par de libros de César Aira y, como en realidad desde hacía un mes ya no trabajaba en la ferretería, se había apuntado al curso con la esperanza de "encontrar el botón del play". El autor argentino era el segundo escritor al que conocía en persona, acotó con misterio, sin referencias al primero.

En el recorrido por la historia de sus empleos, me habló de Zamora, Jimena, Logroño, Sabadell y un sinfín de sitios más que no retuve. Recuerdo que citó ciudades de Inglaterra, Irlanda, Italia y Francia. Se recreó en algunos detalles de su estancia en París, donde pasó el otoño de 1999 trabajando para un hombre que tenía un modesto negocio de reparación y mantenimiento de instalaciones de gas. «Empezaba a hacerse mayor, y su hijo mostraba poco interés por sucederlo. Me dio el trabajo porque el padre de la chica con la que yo salía en aquel momento lo conocía bien y le habló de mí», me contó. Al poco de empezar, un viernes recibieron una llamada para reparar una caldera que acababa de estropearse. Ese fin de semana, precisamente, había llegado el frío. Su jefe no era la clase de profesional que un viernes por la tarde respondía a una petición de auxilio con un «lo siento; hablemos el lunes».

El jefe, que ya clavaba su atención en la caldera, le preguntó sin volverse en qué tenía que fijarse. «En el tipo de la casa. Es Michel Houellebecq»

Cuando llegaron, a la salida del ascensor advirtieron la figura de un hombre desgarbado, con cazadora de borreguillo blanco, muy gastado, y bufanda roja, «casi recortado con una tijera en el marco de la puerta, como si fuese una figura de cartón pluma a tamaño real», agarrando de mala manera un cigarro. Mi compañero de habitación, que lo contaba como si estuviese sucediendo en ese instante otra vez, se le quedó mirando durante un par de segundos, y después espió la reacción de su jefe, que no mostró sorpresa alguna, limitándose a preguntar dónde estaba la caldera. «Amaba los asuntos de índole práctica». El propietario, que saludó y dijo algo de «un frío de cojones», los guio por un pasillo, hasta recalar en un balcón interior. Señaló a la caldera con el cigarro y los dejó solos para no molestar, o quizá al revés. Entonces, tras dejar las cajas de herramientas en el suelo, el señor de Mojácar se acercó a mucho a su jefe y le susurró: «¿Te has fijado?». El jefe, que ya clavaba su atención en la caldera, le preguntó sin volverse en qué tenía que fijarse. «En el tipo de la casa. Es Michel Houellebecq», dijo emocionado. «¿Y quién es Michel Houellebecq?», preguntó el jefe con total desinterés, absorbido por la avería.

«Ese fue el primer escritor al que conocí en persona. Y ni siquiera pude decirle que hacía unos meses había leído ‘Las partículas elementales’ y me había encantado. Me tuve que conformar con arreglarle la calefacción», señaló casi satisfecho. Pasaron los años. Olvidé ya cómo se llamaba el hombre con el que dormí tres noches en Santander. Pronto olvidaré del todo su cara, pero cada vez que publica nuevo libro Houellebecq, con el consiguiente revuelo, siempre recuerdo el día que el señor de Mojácar, con una novela en la cabeza, de donde parecía no poder salir, conoció por primera vez a un escritor, en París, hundido en problemas mundanos.

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