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Bomba de relojería

Nadie ha contado mejor que George Perec lo que pasa cuando no pasa nada

TENGO TRES ediciones de La vida instrucciones de uso, de George Perec, así que hace unos días, cuando distinguí el libro en la sección de novedades de una librería, volví a comprarlo, solo faltaría. Anagrama acaba de reeditarlo para conmemorar la aparición de la novela en septiembre de 1978. Entonces Italo Calvino la recibió como "el último verdadero acontecimiento de la historia de la novela", recreando la vida interior de un edificio situado en una calle imaginaria de París. Cuando años antes de publicarla ya ofrecía pistas: "Me imagino un inmueble parisiense cuya fachada ha desaparecido […], de modo que, desde el entresuelo a las buhardillas, todas las habitaciones que se encuentran delante sean visibles instantánea y simultáneamente". A partir de ahí, se trataría solo de "describir las habitaciones puestas al descubierto y las actividades que en ellas se desarrollasen".

Perec (1936-1982) sitúa el origen del proyecto en un dibujo de Saul Steinberg, aparecido en The Art of Living, que representa un edificio del que una parte de la fachada ha sido eliminada, dejando ver el interior de las viviendas. "El solo inventario de los elementos del mobiliario y de las acciones representadas tiene algo de auténticamente vertiginoso", decía en referencia al dibujo. La vida instrucciones de uso, destaca Pablo Martín Sánchez en el prólogo a la reedición del libro, es la historia de un inmueble que arranca poco antes de las ocho de la tarde del 23 de junio de 1975, y a partir de ahí "la narración va retrocediendo en el tiempo para contarnos la vida de los habitantes del edificio", hasta abarcar más de un siglo.

Perec empezó a trabajar en el libro en 1969, desarrollando esquemas, y no acabó hasta la primavera de 1978. Nueve años de dedicación parecerían suficientes para acabar experimentando desaliento, o al menos fatiga. No fue así. "Cuando me sumergí en La vida instrucciones de uso era un placer tan grande… que efectivamente se podía tener muchas ganas de continuar por ahí" y escribir una segunda parte, del mismo modo que se hizo "la segunda parte de Tiburón o la segunda parte de El padrino", dijo en France Nouvelle en 1979.

La novela no tiene trama principal, pero qué importa. No es necesaria. La vida tampoco tiene trama y, en general, es llevadera. Sus seiscientas y pico páginas constituyen un cruce constante de pequeñas novelas, en las que se perfilan hasta cien personajes principales, entre los que destacan el millonario Barnabooth, aficionado a viajar y pintar acuarelas, y Winckler, un constructor de puzles. A lo largo de 99 capítulos Perec hace un exhaustivo inventario del contenido de apartamentos, desvanes, sótanos, tramos de escaleras, así como de vidas, hábitos, obsesiones y personalidades de inquilinos, visitantes, amigos, parientes, exinquilinos. La obra late como una bomba de relojería que le explotará al lector en cualquier momento. La sucesión de detalles deviene en una aventura, y tal vez el espejo en el que se ve reflejado el gusto del escritor por Julio Verne, el autor capaz de poner nombres de peces en cinco páginas seguidas sin aburrir. George Perec intenta en uno de los capítulos, por ejemplo, algo parecido con los accesorios de una taladradora. Menciona más de sesenta, muchos de ellos inventados, y el resultado es una taladradora completamente inutilizable.
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A medida que avanzan los capítulos comenzamos a advertir que la colección de objetos, personas y relatos establecen vínculos entre ellos hasta conformar una novela de novelas, que funciona como "un entramado de mecanismos y reglas de composición interna que convierten la propia obra en una máquina de generar historias, en una pompe à imagination (una bomba de imaginación)", señala Martín Sánchez. Perec masticó desde el principio una novela enciclopédica, al estilo de Moby Dick, aunque sin gravitar sobre acontecimientos heroicos, sino sobre la nada, una clase material en la que él se volvió un experto. Nadie ha contado mejor lo que pasa cuando no pasa nada, cosa que ocurre, en el mundo real, la mayor parte del tiempo.

Bomba de relojería
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