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Asuntos pendientes

Sin nombreComprar un traje nuevo, aunque no te haga falta. Cambiar la lámpara de la sala. Leer El príncipe negro. Dejar una falsa nota de suicidio en un libro de la biblioteca. Borrar al menos quinientas notas del teléfono. Escribir un diario durante un año entero, sin fallar un día. Volver a llevar zapatos. Entrar al Lidl para palpar el ambiente. Decir "no" a escribir un prólogo. Regresar a Barcelona. Ponerte unos calcetines blancos, a ver qué pasa. Darte de baja en Netflix. Preguntar si tiene arreglo el reloj que te compraste con tu primer sueldo. Hacerte una analítica. Regresar a Roma. Poner al fin el anuncio de "Se vende piano". Tomar un pastillazo para dormir. Dejarlo todo, o una parte. Alcanzar otra vez los 200 km/h. Aprender a podar. Escribir otra novela con pseudónimo. Hacer una mudanza. Leer la Crítica de la razón práctica. Pasar a dvd todos los tours de Induráin que tienes en VHS. Encontrar el abrigo perfecto. Comprar una camiseta de la Cibona con el número 10 de Petrovic. Conducir cinco segundos con los ojos cerrados. Pintar el piso. Volver a Ámsterdam. Recuperar el disco duro de tu primer ordenador. Deshacerte del coche. Madrugar un poco menos. No mirar el teléfono mientras caminas. Completar las obras de Heródoto en Gredos. Hurgar en las cajas del trastero.

Aclarar qué hay que hacer con tus restos cuando llegue la hora. Pasar a libretas cientos de subrayados. Destruir los primeros manuscritos a los que te aferras. Vaciar cajones de objetos inútiles, muy queridos. Retomar ideas viejas para novelas y relatos. Prescindir del valor sentimental lo más que puedas. Volver a Lyon. Ir a una boda y ponerte bonito. Leer por cuarta vez Luz de agosto. Comprar todavía más camisas blancas. Reducir la población de cojines. Publicar otra vez en gallego. Hacer más cosas raras. Dejar de soñar con una chimenea. Releer a Álvaro Pombo. Hacer más preguntas. Pasar tres meses en el extranjero. No olvidar ni por un minuto que siempre sobra algo. Salir. No preguntar tanto. Acostarte más tarde.

Disfrutar del frío. No salir. Fumar un cigarro al año. Volver al Metropolitano. Mostrar más respeto por los bolígrafos. Retomar el cineclub. Leer Meridiano de sangre. Pensar más a menudo. Poner todos los objetos de tu mesa en otra parte. No pulsar los botones del ascensor con el dedo. Mantener los actuales secretos. Putear a las telefónicas. No dejar que la franqueza muera tan fácilmente. Bailar. Circular por carreteras nacionales, sin prisas. Jugar al billar. Resolver si todos los libros de un autor deben estar reunidos, mezclando su poesía y su prosa. Viajar en camión. No acumular más revistas de las que ya acumulas. Tomar clases de golf. Salir más. Releer La vida instrucciones de uso. Usar las gafas de sol sin miedo a que piensen "a dónde va este". Levantar el veto a la lubina. Regresar pronto a Barcelona. Apostar a las siete y media.

Encontrar a Belén, tu profesora de Historia de la Filosofía en COU. Besar el triple o más. Leer a Cristina Fernández Cubas. Evitar lo que simplemente suena bien, sin producir efecto alguno. Ir al mecánico por ese ruido en los bajos que disimulas con la música. Pasar un trimestre entero sin mirar la cuenta bancaria. No exagerar. Hacer un trompo con tu padre de pasajero. Correr a apuntar las genialidades en el momento mismo que se te ocurren, no dos minutos después, cuando ya es imposible recuperarlas. Lavar más a menudo los pantalones vaqueros, que siempre te parece que están limpios. Hacer memoria. No temer a la elipsis. Escribir una carta. Mirar mejor. No salir demasiado. Asumir que la ropa que nunca te pones no vas a ponerla más adelante. Olvidar. Volver a confiar en los viejos despertadores. Vivir una historia de los años ochenta. Defender la moqueta, pero sin llegar a ponerla. Elevar la cuota de autónomos. Disfrutar de lo provisional. Perder un paraguas. Comer goma de borrar, por los viejos tiempos. Abrir a los testigos de Jehová. Releer La escala de los mapas. Salir el día anterior al día que quedasteis todos en salir, y entonces volver a salir, aunque hecho polvo. Exagerar.

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