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Asquerosas metonimias

ME PREGUNTO si dice algo de la gente la manera en la que se seca las manos. Tal vez sí. Hace tiempo leí en algún sitio que revela mucho de las personas el modo en que se deshacen de las uñas después de cortárselas. No es lo mismo deshacerse de ellas en el lavabo, que en el fregadero, que arrojarlas por el balcón a la calle. En aquel momento, preocupado por el destino de las uñas, descolgué el teléfono y llamé a un familiar de confianza, intrigado. Tú qué haces con las uñas, le pregunté sin introducciones, pues la curiosidad me quemaba en las manos. «Macarrones. ¿Qué hostia pasa contigo, qué pregunta es esa?». Me pareció que se ponía a la defensiva, como cuando, en efecto, haces macarrones con las uñas de los pies.

Después de pensar en aquel asunto de las uñas durante todo el día, concluí que también dice mucho de una persona la manera de hacer la cama, y si incorpora o no el embozo, o si airea previamente la habitación lo suficiente; o la manera en la que interrumpe y reanuda la lectura de un libro; o el modo en que le entrega un cuchillo a un comensal. O, naturalmente, la manera de secarse las manos. Parece un gesto banal. Es banal. Pero. Pero. Pero. Quizá no lo sea tanto. Mucha gente se pone enferma cuando entra en el cuarto de baño de una cafetería, se lava las manos a veces sin jabón, porque el dispensador está vacío, y cuando quiere secárselas no encuentra con qué. Si algo te saca de quicio significa que tiene máxima importancia, por mucho que constituya una estupidez.

La semana pasada acudí a comer a Santiago con cuatro amigos. Cuando nos sentamos a la mesa, me acordé de que no me había lavado las manos y me dirigí al baño. En uno de esos instantes mágicos que se producen cada dos o tres meses, descubrí un secador de aire sublime. Fue un flechazo. Se trataba de uno de esos artefactos en los que hundes las manos extendidas, como si la máquina fuese de paso a hacerte la manicura, y diez segundos después, tus manos están perfectamente secas y suaves. Ese día fui tres veces al baño únicamente para verme a solas con el secador, y dejarme acariciar. ¿No le pasa a nadie que a veces se enamora de un objeto y sería capaz de casarse con él? Yo sí. Y más gente. Tengo un amigo que una vez se enamoró perdidamente de un maniquí. Incluso salieron juntos durante una temporada. Mi amigo había puesto fin a una relación con su novia de muchos años, y atravesaba por un período, digamos, disoluto y triste, consistente en salir mucho y ser muy feliz. Hasta que una mañana, al dirigirse a la facultad, observó a un maniquí en un contenedor de obra. Estaba desnudo, como si acabasen de violarlo entre tres obreros. No pudo resistirse y lo rescató. Lo llevó a casa, lo preparó, lo vistió con ropa que su exnovia había dejado en el armario y lo acomodó en el salón, al lado del televisor. «Qué hace esta mierda aquí», preguntábamos al principio, desconcertados. «Estamos saliendo», improvisaba él.

Hay objetos que deparan experiencias simples, pero esenciales. Secarte las manos de un plumazo es una. Algunos días tienes tan poco que hacer, que no puedes perder medio minuto con unas toallitas de papel, o una de esas máquinas de secar que no secan. Secar bien, y rápido, constituye un acto tan insignificante, que resulta imposible que no sea fruto de un largo proceso de pensamiento por parte del aparato, que siente de pronto un afecto desmedido por tus manos y se rinde ante ellas ofreciéndote un secado impecable, que enmarcarías y colgarías en una pared de casa. Hablamos de un secado que te congracia con el progreso, y te compensa de momentos tétricos como ese en el que ves salir a un tipo del lavabo de bar secándose las manos contra el pantalón.

En mitad de la comida, sentí que aquel secador era un objeto puro y duro, como de los que cada vez quedaban menos. Un objeto libre y salvaje, sin ataduras. ¿O es que no vemos qué está pasando a nuestro alrededor?¿No advierten que ya no hay automóviles, ni bebidas, ni teléfonos, ni ropa, ni muebles, ni relojes, ni principios activos? En lugar de las cosas corrientes, los objetos puros y duros, ahora existe la marca, la identidad comercial de una cosa más o menos sintética. Aquellos sustantivos que en algún momento nos resultaron útiles para referirnos a las cosas, fueron apartados por los nombres propios. Ahora hay mercedes, iphones, ibuprofenos, rolex, new balance, bombay safire… Asquerosas metonimias. Pero un buen secador de manos todavía es un secador de manos.

Asquerosas metonimias
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