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Aquí había una viña

CADA VEZ que conduzco por la A-52, y a la altura de la salida 155 dejo de acelerar, acciono el intermitente, freno ligeramente y al fin abandono la autovía, siempre suelto lo mismo: "Aquí tenían una viña mis abuelos". La frase no desaparece con sus sonidos, deja una estela en el aire del habitáculo que tarda aún un rato en deshacerse del todo. Creo que con el tiempo se ha ido convirtiendo en el primer verso de un poema que no sigue. Ese trozo de tierra, durante muchos años, fue trabajado por las distintas generaciones de la familia. Gastábamos una mañana entera, con su almuerzo, en recolectar la uva. Era una mezcla de duro trabajo y fiesta.

Ilustración para el blog de Juan Tallón. MXCuando tenía unos quince años, hicimos la última vendimia. Un día apareció el Estado, expropió el suelo y con el tiempo por el medio justo de la viña pasó la autovía y con ella miles, millones de coches. El largo y ancho de la carretera se la comió entera. Fue un acto de borrón y cuenta nueva, fue el progreso, fue una crueldad. Lo único que hoy queda de aquello es mi frase: "Aquí tenían una viña mis abuelos". Si un día abandono el empeño en decirla, el olvido lo devorará todo. Me pregunto cuánto tiempo tardan en no haber existido nunca las cosas que una vez pasaron, pero que un día dejan de ser recordadas. No demasiado. Es imposible que exista lo que se olvida. ¿Quién lo atestiguará? Es terrible. Por eso poner a salvo hechos, ideas, sentimientos, y no dejar de evocarlos, es una forma más bella de sobrellevar la vida.

Hay un momento en Noruega (editorial Drassana), de Rafa Lahuerta, en el que el protagonista de la novela, Albert, evoca el día que su abuelo, en uno de sus últimos paseos juntos por Valencia, lo llevó hasta la plaza Benyto i Coll, a finales de los años ochenta. "Mira, xiquet –señaló con el dedo el abuelo–, en esa casa vivía la yaya Amparín cuando la conocí. Era la más guapa de todo el Mercado. Hazme un favor, cuando el yayo se muera pasa por aquí alguna vez y no te olvides nunca de mirar a la ventana del segundo… ".

En ese instante, el narrador recibe en herencia un mundo casi desaparecido y, en adelante, se esforzará para cumplir el requerimiento de su abuelo. Nunca falla. Cada cierto tiempo Albert regresa a ese rincón de la ciudad, que milagrosamente sigue en pie. "Esa ventana explica la naturaleza del amor. Es una fórmula sencilla: lealtad, confianza, respeto. Es una fórmula tan sencilla que solo está al alcance de los mejores. Yo no supe concretarla. El abuelo sí", dice.

Todo lo que se acaba, y que en algún momento fue parte de nuestras vidas, se somete a dos posibles destinos. En uno se convierte en olvido, tras un proceso de demolición paulatino que alcanza su perfección cuando nadie recuerda nada. Justo entonces esos hechos del pasado se convierten en inexistentes. En su otro destino posible, lo que se acaba se convierte en relato, anécdota, historia, y se deja prolongar cariñosamente en el tiempo. Por pequeño que parezca, si el relato se desentraña, a partir de él puede llegar a desplegarse todo un mundo perdido, siguiendo la estrategia de la chistera de un mago, en la que cabe casi todo lo imaginable, pese a la ausencia de espacio material.

En el punto kilométrico 155 de la autovía de las Rías Baixas, con su asfalto, líneas pintadas, mediana, quitamiedos, tráfico de automóviles, en el que un día mis abuelos tuvieron un viñedo de uva blanca, hay solo una aparente rendición del pasado. En el momento que circulo por ahí con mi coche, y empiezo a recitar el poema inacabado, la carretera se rinde, y entonces volvemos a hacer la vendimia, el pasado es real. El pasado pasó. Quien sabe si a fuerza de repetir la frase, dentro de muchos años mi hija, al volante de su propio coche, diga al pasar por allí "Decía mi padre que aquí tenían una viña sus abuelos ", agrandando del poema, y demostrando con un simple verso que un día existimos.

Aquí había una viña
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