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"Estuve veinticinco años jugando a comprarlo y leerlo, y en el último segundo a dejarlo donde estaba. En el fondo, el juego encajaba secretamente con la actitud del propio Capote, que durante décadas iba a escribirlo y nunca lo conseguía del todo"

Truman Capote, en la portada de Esquire. EP
Truman Capote, en la portada de Esquire. EP

EN 1995 ME FIJÉ por primera vez en un ejemplar de Plegarias atendidas, en la librería Follas Novas de Santiago. "Me lo llevo", pensé al verlo. Al final salí de la librería sin él. No basta con querer una cosa, además hay que dejar de querer otras. Ese día quizá transcurrió demasiado tiempo desde que lo vi y al fin me fui de allí, así que entre la novela y yo acabó interponiéndose una novela diferente. Es algo que sucede a menudo entre un lector y los libros que quiere. De pronto, irrumpen otros distintos que desea todavía con más fuerza. Aquella fue la primera de muchas tentativas para hacerme con la novela de Truman Capote. Siempre fracasaba. Estuve veinticinco años jugando a comprarlo y leerlo, y en el último segundo a dejarlo donde estaba. En el fondo, el juego encajaba secretamente con la actitud del propio Capote, que durante décadas iba a escribirlo y nunca lo conseguía del todo. Plegarias atendidas fue conocida como "la más famosa novela impublicada de la literatura norteamericana".

Hace unas semanas nos cruzamos de nuevo. Casi pude oír cómo me susurraba "Volvemos a vernos, cabronazo". No me pareció mal. Los libros y los lectores, aunque no se conozcan, se dispensan un trato franco, como si se conociesen de siempre. Esta vez me llevé la novela. Había tardado media vida. Es decir, el tiempo necesario. Me pareció un final más o menos perfecto, teniendo en cuenta que Plegarias atendidas se publicó en 1987, tres años después de que su autor hubiese muerto, y que hubiese empezado a escribirla en los años 50. En una carta de 1958 al editor Benneff Cerf, uno de los fundadores de Random House, Capote ya le adelantaba que estaba escribiendo "una extensa novela, mi obra magna", que se titularía Plegarias atendidas.

En 1966 firmó el contrato de publicación por el que recibió un adelanto de 250.000 dólares. El manuscrito debía entregarse en enero de 1968. Capote presumía de que la novela sería "un equivalente contemporáneo" de En busca del tiempo perdido, de Proust, nada menos. Pero llegó 1968 y la novela no estaba concluida. Se fijó la entrega para 1973, y cuando el escritor tampoco cumplió con su palabra, se alargó el plazo hasta 1974. Ni que decir tiene que el autor no concluyó la novela ese año. Se acordó un nuevo horizonte: 1977, año en el que ni de broma estuvo escrita, por supuesto. El reajuste de plazos movió a 1981 el final del libro. Nada.

En el prefacio a Música para camaleones, Capote confesaba que entre 1968 y 1972 se pasó "la mayor parte del tiempo leyendo y seleccionando, reescribiendo, catalogando mis propias cartas y las cartas de otras personas, mis diarios y cuadernos de notas", con la intención de emplear ese material en "una variante de novela real", que se titularía —sí— Plegarias atendidas. Empezó escribiendo el último capítulo, después el quinto, luego el séptimo… En 1976, publicó tres capítulos en la revista Esquire. El escándalo fue mayúsculo, pues aparecía retratada la alta sociedad norteamericana con la que trataba habitualmente, y muchos de sus amigos, apenas disimulados en el texto, le volvieron la espalda. En vista de ello, cuando publicó la segunda entrega, Esquire puso el acento en el furor causada por la primera, y llevó a Capote a portada, vestido de negro y empuñando un estilete con mango de marfil. "¡Capote ataca de nuevo!", tituló.

Después de esto, el autor dejó de trabajar en el libro durante un tiempo. Esporádicamente escribía, borraba y reescribía. En 1984 murió, y entre sus efectos personales no se halló ningún material aparte del aparecido en Esquire. Su editor, Joseph M. Fox, que reunió esos textos y los publicó como libro en 1987, desarrolló tres teorías sobre la pérdida del resto de capítulos. La primera es que el manuscrito se terminó y alguien se adueñó de él, sin descartar que el propio Capote lo ocultase en la consigna de una estación de autobuses de Los Ángeles. La segunda es que Capote no escribió ni una línea más, después de la publicación de la última en Esquire. Y la tercera, y más plausible, es que Capote sí escribió más capítulos, pero a principios de los 80 los destruyó.

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