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Al final se besan

Cada edad parece tener un guión, unas conductas fijadas, unos sueños, y es una porquería, honestamente. Te hacen creer que debes acompasarte al tiempo, en lugar de zarandearlo sobre tu cabeza como si fuese solo una camiseta recién sacada, en tu primer día de playa. "Asume tu edad", te sugieren a menudo, y bajo ese letrero se filtra la idea de que las distintas edades son igual para todos, y que, en cualquier caso, la edad es tu jefe. Y a eso hay que negarse.

Yo nunca supe demasiado bien qué significa asumir la edad. Sea lo que sea, suena a inclinación, a que tienes que dejar de hacer lo que te gusta y ponerte inmediatamente con lo que otros esperan que hagas, y que a lo mejor tú detestas. Ciertos días casi hay consenso en que hacer aquello que te gusta y desechar lo demás es un capricho juvenil. Llegado un punto, es decir, una edad, lo normal es perdonar a las cosas que no te agradan sus defectos, y sin más hacerlas. Es como aceptar que los buenos tiempos pasaron, y que ahora tienes que apañártelas con los malos. Terrible. Peor, te dirán, es estar muerto, ¿no?

Quizá asumir la edad signifique solo que vayas poco a poco abandonando las muchas y variadas diversiones que te ofrece la vida, en especial cuando eres joven y puedes desplegarlas casi todas ante ti sin pensar en qué te traerá el día siguiente. Casi siempre resistirse a que el paso del tiempo obre en uno más cambios que los físicos, los considerados inevitables, es una pelea loable. Me cuesta mucho decir que no tenía razón Scott Fitzgerald cuando sostenía que "crecer es una cosa terriblemente difícil de hacer. Es mucho mejor omitirlo e ir de una infancia a otra". 

Mi amiga Merce, por ejemplo, reivindica a menudo el acto de besar como la forma más perfecta de no declinar ante el paso del tiempo; y después del beso, la lectura de novelas tendida en la cama y el vino. La vuelta constante al beso, como una lección que hay que aprender a diario, porque se olvida tras el sueño, a ella le permite tener siempre la misma edad, en cierto sentido la edad perfecta, esa que evita crecer, y la empuja a vivir muchísimo y a que no le pesen demasiado las pérdidas.

Merce siempre me trae a la memoria uno de los primeros relatos de Scott Fitzgerald, titulado Cabeza y hombros. Horace Tarbox, su protagonista, es un joven universitario de diecisiete años, prometedor, que no acostumbra demasiado a divertirse, con aire a veces de no tener absolutamente nada que ver con la palabrería que brota de sus labios. Un amigo suyo le prometió a la joven actriz y cantante Marcia Meadow cinco mil Pall Malls, los cigarros que simbolizaban la sofisticación en aquellos días de los años veinte, si hacía una visita a Horace. Marcia aceptó y el día que acudió a conocerlo, empezaron a hablar, primero como si su encuentro fuese un malentendido, y a continuación un acto de prestidigitación. En un momento dado, Marcia lo interrumpió y le dijo: "Eres encantador. Ven y dame un beso". Horace se detuvo en seco al oírla. "¿Por qué quieres que te dé un beso? ¿Vas por ahí repartiendo besos?", preguntó el universitario. "Claro que sí. Eso es la vida: ir por ahí repartiendo besos", aseguró Marcia Meadow, sin inmutarse. Horace replicó lleno de confianza juvenil: "En primer lugar, la vida no es solo eso, y, en segundo lugar, no quiero besarte Podría convertirse en una costumbre, y soy incapaz de dejar mis costumbres".

Solo pensar en entregarse a los dictados del tiempo parece que se acelere la decadencia que lleva implícito su paso. En el fondo, tan razonable es la idea de que el tiempo te pone al final en tu sitio -como si hubiese un sitio- como que tú quieras poner al tiempo en el suyo. Algunos placeres están ligados a hacer cosas a deshoras, cuando tú quieres, cuando parece que ya no es el momento. Porque a lo peor, a la hora menos pensada, te ves diciendo aquello de Gil de Biedma: "De la vida me acuerdo, pero ¿dónde está?". Por otra parte, al final, Maria Meadow y Horace Tarbox se besan.

Al final se besan
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