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¡Ahí va Salinger!

EL AÑO pasado escribí un artículo sobre la obsesión de la prensa estadounidense por fotografiar a un J.D. Salinger que se pasó los últimos veinte años de vida aislado en Cornish (New Hampshire), en una casa rodeada de árboles perennes, altos y frondosos, en la cima de una colina. Repudiaba la fama que había alcanzado tras el éxito de El guardián entre el centeno, y aborrecía a los periodistas y los turistas literarios que de vez en cuando importunaban su retiro. Nada más acabar el artículo llamé a mi amiga Belén para pedirle que lo leyese. "¿Salinger? Ah, muy bien", dijo. "¿Sabías que una vez me lo encontré por la calle", añadió de pasada. Me quedé atónito. De pronto, mi artículo me pareció una porquería. Se lo di a leer, pese a todo, y poco después se publicó pero, ¿y qué? Para entonces mi único interés, en lo que a Salinger se refería, solo era escribir sobre el día que Belén se lo encontró por la calle.

Cuando algo me interesa mucho dejo que pase el tiempo. Me puede la pereza

Transcurrió más de un año antes de que le pidiese detalles de aquel milagro. Cuando algo me interesa mucho dejo que pase el tiempo. Me puede la pereza. Pero el lunes por fin hablamos de aquel encuentro de 1995, por estas fechas, en Hanover, una pequeña localidad del estado de New Hampshire. "No hacía calor, pero ya estaba toda la nieve deshelada", recordó. Belén había llegado a Estados Unidos hacía algunos meses, tras licenciarse en filología, para dar clase de español como lecturer en la universidad de Dartmouth College. Era sábado por la mañana y, como era habitual, acudió a la librería Dartmouth Bookstore con su amiga Isabelle, francesa y compañera de departamento, especializada en Nabokov. "Los sábados íbamos a Gap, a esa librería y después a la oficina de correos". Belén escribía cartas sin parar a sus amigos y a su hermana. "A lo mejor escribía cinco cartas a la semana, pero de siete folios". Hanover era un pueblo precioso, de clase alta, pero no había mucha que hacer, así que los fines de semana escribía y de vez en cuando se escapaba a Boston.

Aquel sábado, con las cartas en el bolso, acudió a la librería en busca de alguna novela y de la edición de El País Internacional, que "era finísima, de papel biblia, y costaba cara". Al salir, paradas ante la puerta, vieron cómo Salinger pasaba a su lado. "¿Cuánto de cerca?, ¿a menos de un metro?", pregunté. "Sí, sí, muy cerca". Lo identificaron ambas a un tiempo, sin género de dudas, pese a que las fotografías con su imagen escaseaban y para entonces él ya era un señor de 77 años. Belén e Isabelle siempre hablaban francés entre sí, y cuando el escritor pasó de largo, se miraron y cuchichearon algo sobre él. "La conversación fue graciosa porque yo no sabía cómo se tituló El guardián entre el centeno en francés, así que dijimos el título en inglés".

Cuando ya era demasiado tarde, lamentaron no haberle dicho algo. Habían perdido una oportunidad única. Pero no se rindieron. "Los dos siguientes sábados hicimos el mismo recorrido, a la misma hora, por si lo veíamos otra vez". De hecho, compraron dos ejemplares de su novela, por si se cruzaban de nuevo con el autor. "Pero nada". El lunes lo contaron en el departamento y nadie se sintió impresionado, como si estuviesen aburridos de Salinger. Al parecer "lo raro era que no lo hubiésemos visto antes", pues Cornish se encontraba apenas a 21 millas de Hanover. Otros profesores del departamento se lo habían encontrado en varias ocasiones.

Belén pasó dos años en Hanover, acudiendo cada sábado a correos y a Dartmouth Bookstore, pero no volvió a coincidir con Salinger. Una vez, sin embargo, es mucho más de lo que consiguió la mayoría de la humanidad, y buena parte de la prensa norteamericana. Bromeé con ella por perder la ocasión de entablar unas palabras con él. Quién sabe a dónde hubiesen podido llegar. Entonces recordamos cómo en 1987 Salinger había dado mucho que hablar en Hollywood, al enamorarse por televisión de Catherine Oxenberg, que aparecía en Dinastía. Según uno de sus biógrafos, Paul Alexander, el escritor tenía un modus operandi para ligar con las actrices de la televisión. "Las llamaba por teléfono y les decía: Soy J.D. Salinger y escribí El guardián entre el centeno".