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Onward

En un planeta mágico — donde los elfos conviven con los duendes y los centauros con las mantícoras— el capitalismo campa a sus anchas como si fuese poblado por humanos. Los dos protagonistas adolescentes viven en un barrio residencial y tienen formas diferentes de cubrir la ausencia de un padre fallecido. El pequeño (Ian) es racional, pragmático y trata de relacionarse con sus compañeros, aunque no lo consiga. El mayor (Barley) se toma en muy en serio la magia, le preocupa que el mundo olvide progresivamente su origen mitológico y su aislamiento es voluntario.

‘Onward’, la última película de Pixar, no tiene la frescura ni ese toque inaprensible de sus títulos más célebres, pero de alguna forma enlaza con todos ellos. Los protagonistas inician una aventura personal que les conduce hasta un destino más próximo de lo que creen y que, al mismo tiempo, les hace reflexionar sobre su propia identidad. Porque de lo que trata ‘Onward’, por encima de todo, es de la identidad, o las identidades. Ian no sabe todavía cuál es su lugar en el mundo, en la escuela ni en la familia. Cree que, si consigue traer a su padre, aunque sea un solo día, podrá entender mejor su entorno y comprenderse mejor a sí mismo. Barley se aferra a la idea de que el pasado glorioso de un mundo mágico era mucho más rico que la triste y decadente sociedad contemporánea, donde todo rastro de la Historia es un símbolo susceptible de ser monetizado.

Las identidades individuales y colectivas son el asidero al que tratan de agarrarse sus protagonistas para afrontar un futuro incierto. ‘Onward’ propone seguir adelante para superar los traumas personales y colectivos a través de un relato construido con aventura y magia. De la sociedad de consumo —humana y élfica— no se dice nada.

Onward
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