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Obsesión

Cartel de ObsesiónEN OTROS tiempos, una película como ‘Obsesión’ habría pasado desapercibida o, en el mejor de los casos, sería recibida con un inesperado éxito en los videoclubes, como fin último de una noche de risas y porros. La escasez de salas de cine, la desaparición del videoclub como lugar indómito donde bucear en las profundidades -y la política de estrenos diseñada por un mono con platillos- hacen que la reacción ante productos como éste sean de perplejidad absoluta, cuando no de cerilla y gasolina. ‘Obsesión’ es un subproducto que hasta en los noventa -su verdadero tiempo- se vería como uno más de los títulos que adornaban las estanterías y cines a punto de cerrar, entre las dosmil versiones de Steven Seagal. Un thriller ramplón en el que el catálogo de despropósitos la colocaría en lo más alto de las listas de películas basura, siempre que alguien descubriese las joyas escondidas en sus diálogos.

Jennifer López protagoniza y produce una comedia totalmente involuntaria sobre los riesgos del adulterio en una tranquila comunidad californiana. La profesora de instituto Claire Peterson vive un breve pero intenso romance con un vecino preuniversitario. Ella está en trámites de divorcio y él es un machito con problemas ocultos de todo tipo. Entre los años que se quita J Lo y los que aparenta el cansadamas de instituto, el desbarajuste empieza desde el primer minuto y no termina hasta los títulos de crédito.

‘Obsesión’ debería ser proyectada en un cine de verano gamberro. Una sesión a altas horas, con palomitas y bebidas, en la que el público vocifere y aulle cada una de las líneas de diálogo que siembran este chiste. Este crítico ha tenido que verla en plenitud de facultades, pero usted, querido lector, reclame en la sala la droga necesaria para pasar este calvario.



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