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Campeones

A los 20 minutos de película, Campeones se abandona al drama confortable

EXPERTO EN la representación del gag físico, el humor gris –la zona intermedia entre el blanco y el negro– y la sartenada visual, Javier Fesser se especializó en una comedia próxima al slapstick, para explorar las distintas posibilidades de la expresión gestual en el cortometraje y en la microserie para Internet (no olvidemos que fue pionero en este campo). Años más tarde, y con más presupuesto a su disposición, desarrolló todo su potencial en La gran aventura de Mortadelo y Filemón y, sobre todo, en Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo, tren de la bruja donde el mamporro se convertía en recurso narrativo, y el chichón en firma de autor.

Javier Fesser busca el éxito masivo mientras se propone educar a la ciudadanía 

Pero el prestigio que siempre ha tenido el drama sobre la comedia le hizo pulir su concepción de la chorrada hacia la película con valores. Si en Camino probó el reconocimiento con premios y con llantos, en Campeones busca el éxito masivo mientras se propone educar a la ciudadanía. Hay un problema. El cine, como todos los modelos de representación, suele ser una mala opción para formar al espectador. No digo que no consiga su propósito, sino que la calidad del producto final tiende a ser inversamente proporcional a la búsqueda del compromiso correctivo.

Es difícil manifestar desagrado por una película que propone repensar nuestros modelos de comportamiento hacia las personas con discapacidad, que los integra como actores superdotados, y que hasta nos recuerda lo mezquinos que podemos llegar a ser, como cuando España trampeó la selección paralímpica de baloncesto en los Juegos Olímpicos de 2000.

Es complicado, pero Fesser comete todos los errores imaginados del cine bien intencionado, entre los que están el desprecio por los personajes secundarios (la trama romántica y el personaje de la chica son demasiado torpes), el subrayado de las escenas emotivas y la banda sonora estomagante de pianos tocando la fibra sensible.

A los veinte minutos de película, Campeones deja de apoyarse en el humor incómodo, para replantearnos nuestros prejuicios, y se abandona al drama confortable. Si ya es difícil hacer reír con temas cotidianos, aún lo es más con las rugosidades de nuestro entorno. Fesser se mueve con maestría en la comedia de viñeta y trazo grueso, pero en cuanto tiene delante una historia conmovedora, le ocurre lo que a la alta cultura, a las academias y a los birretes, que delegan según qué cosas en la solemnidad de un manifiesto.

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