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Los artículos que, en barra libre, publico los domingos en la última página de la edición impresa de El Progreso.

Trabajo y castigo

La España que se recupera y crea empleo no es capaz de sacar a sus propios trabajadores de la pobreza

LO DEL trabajo lo llevo mal. De siempre. Primero nos lo quisieron vender como un derecho y ahora nos lo quieren colar como un privilegio, pero yo me quedé en la primera fase, la del castigo bíblico. Hay que ser un dios con muy mala baba y muy poco amor filial para reaccionar con una venganza tan desproporcionada como "ganarás el pan con el sudor de tu frente". No por casualidad los nazis, en un retorcido ejercicio de sarcasmo y crueldad, eligieron colocar este mismo lema en las entradas de sus principales campos de concentración y exterminio, versionado como "el trabajo os hará libres".

Yo, como supongo que la mayoría de la gente, trabajo porque no me queda otra, porque de algo hay que vivir. El trabajo ni me dignifica, ni me obliga, ni me define, solo me da de comer. Que luego además, a veces, me guste lo que hago no deja de ser una circunstancia más o menos afortunada que puede hacerme más llevadero el peso del castigo, pero que en nada afecta a la naturaleza original de este.

Dentro de lo malo, hubo un tiempo en el que en este país trabajar duro te permitía mirar un poco más allá de la próxima comida, de la próxima factura. Era una paga extra prorrateada en expectativas de futuro. Mis padres, como otros millones de padres, trabajaron como burros, pero sus salarios de proletarios sin conciencia de clase ni tiempo para tenerla les permitió al menos pagar una casa, ahorrar un pequeño colchón para los malos tiempos y sacar adelante a cuatro hijos sin que les faltaran ni caprichos ni oportunidades.


Lograron para nuestra generación esos quince minutos de fama en los que nos creímos clase media


Tenían sueños enormes en su modestia: mandar a un hijo a la universidad, ayudar a otro a montar su propio pequeño negocio, que el niño apruebe esas oposiciones... Todos condensados en uno, que sus hijos pudieran vivir mejor de lo que ellos lo hicieron. Lo consiguieron. A puro huevo, a base de sudar mucho y gastar poco en ellos, pero lo consiguieron. Lograron para nosotros, para nuestra generación, nuestros quince minutos de fama, esos quince minutos en los que nos creímos clase media.

Luego vinieron los de siempre a ponernos en nuestro sitio, aprovechando eso que llamaron crisis pero que no ha sido otra cosa que un atraco, una restauración plutocrática, y nuestras fantasías de proletarios asalariados convertidos en dignos consumidores fueron demolidas.

La Federación de Bancos de Alimentos lo explica mejor: "Antes teníamos al pobre clásico; después llegaron los inmigrantes y la gente en paro. Pero el perfil ha cambiado, y ahora las que vienen a por alimentos son personas que tienen un trabajo pero que cobran tan poco que no pueden dejar de venir". Estas palabras no son de voluntarios en los extrarradios de grandes ciudades ni en barrios deprimidos hasta la extenuación. Son de José Pita, presidente de Federación de Bancos de Alimentos de Galicia. Sí, Galicia, aquí al ladito, como quien dice.

No son los únicos. Asociaciones como Cáritas o Cruz Roja, o incluso organizaciones oficiales internacionales como la Comisión Europea o la OCDE, patas negras del liberalismo, recogen en sus informes que España es el país de nuestro entorno con un mayor número de trabajadores con ingresos mínimos. Un tercio de los empleados españoles vive el límite del umbral de la pobreza.

Cada vez se repite más la misma escena, contaba esta semana en los medios de comunicación José Pita, la de un usuario del banco de alimentos que les dice que no va a necesitar ya la ayuda porque ha encontrado trabajo. "Pero al mes siguiente aquí está, no se puede mantener un familia con esos salarios". ¿Pueden imaginárselo, pasar todo el día trabajando como un animal para tener que pasar después del curro por el banco de alimentos o por Cáritas para tener algo que cenar?

De lo que todas estas asociaciones y organizaciones internacionales están hablando es de algo tan escalofriante como la cronificación de la pobreza en capas de nuestra sociedad que hasta hace muy poco eran ciudadanía plena y autosuficiente. De un incremento de la desigualdad de tal volumen que estamos retrocediendo hasta acercarnos a niveles de principios del siglo XX.

De lo que estamos hablando es de un tipo de pobreza del que miles de familias en este país ya nunca podrán huir. De un tipo de pobreza que no solo los ha atrapado a ellos, sino que lo hará luego con sus hijos y con sus nietos, porque tampoco ellos tendrán ya las oportunidades para pelear por sus vidas que antes proporcionaba la cobertura de un Estado del Bienestar.

El mismo estado que ahora nos dice que no hay recursos para atender estas necesidades, para proporcionar salarios dignos, pero que acaba de anunciar que "se han perdido" 60.000 millones de euros del rescate bancario. El mismo estado que habla de recuperación económica pero que no es capaz de crear las condiciones para que un puesto de trabajo se convierta en algo más que un castigo.