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HAY DÍAS en los que hasta la lluvia es fea, que no ayuda. En vez de lluvia, parece una señal. O es posible que sea solo yo y este domingo soso y gris en el que voy tropezando de señal en señal, y ninguna ayuda.

En un descuido en Twitter me asalta una noticia sobre Jaime Peñafiel, un tipo que, por otro lado, jamás me había importando lo más mínimo hasta hoy, en que un medio al que sí parece importarle me lo reenvía convertido en símbolo, aún tengo que decidir de qué. Lo presentan como "periodista experto en Casa Real", y se lamenta de que él y su esposa tienen el coronavirus, o al menos los síntomas. Se lo ha pegado, dice, "una persona del servicio doméstico" de su finca de Toledo, donde el matrimonio decidió irse a pasar estos días incumpliendo todas las recomendaciones. Para rematarla, tras temer que alguna criada les hubiera contagiado, se han vuelto para Madrid. Me he quedado muy preocupado, mi solidaridad con el personal de servicio doméstico toledano. Ánimo, todo apunta a que tardarán en volver.

Me quedo enganchado con la noticia, soy así de básico, intentando decidir qué simboliza exactamente, si una parte del país, la otra o todo en su conjunto, si hoy llueve tan feo solo sobre mí o sobre todos.

Caigo en la cuenta de que estoy hablando sobre el tal Peñafiel, que me importa un pimiento, porque hasta ahora he tenido la fortuna de no poder hablar de nadie cercano a mí que haya sido infectado de gravedad por este virus asesino, no lo he sentido amenazándome en primera persona. Nadie de mi círculo próximo, de mi familia más directa y querida, de mis amigos y sus seres mas apreciados, ha tenido que ser siquiera aislado, mucho menos hospitalizado o ingresado en una UCI. A veces no somos conscientes del privilegio que el azar nos concede porque sí, ni de lo bien que rompe la luz entre las nubes de un día gris, ni de lo que limpia la lluvia hasta cuando llueve feo.

Mañana me voy de vacaciones de Semana Santa. Serán lo más parecido a aquellas que recuerdo de niño en el pueblo, cuando hasta los bares cerraban y no había ni tele ni música, todo se volvía lúgubre y hasta las procesiones eran estremecedoras. Esto no tiene por qué ser peor. Nos dejaremos de ver estos siete días, igual hasta nos echamos de menos. Cuídense, los quiero ver a todos a la vuelta.

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