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Cura de humildad

LA NOCHE del viernes se hizo larga como si estuviera en la calle. O corta, según se mire. Eso que todavía mi generación sigue llamando las nuevas tecnologías, desde hace veinte o veinticinco años, está resultando un veneno. Y una cura de humildad.

Cuando salgamos de esta vamos a tener muy difícil seguir sosteniendo ante nuestros hijos adolescentes la murga esa de que ya no saben jugar, todo el día metidos en la habitación enganchados a las videoconsolas y sin salir de casa, aislados. Aquello de que lo sano era lo nuestro, el pilla-pilla y las canicas y las tardes en el banco del parque con los colegas.

"Papá, no estoy haciendo nada muy diferente a lo que hago otros sábados", me dijo el otro día mi chaval, para tranquilizarme y explicarme que, al menos de momento, no lo estaba llevando tan mal. Ahora lo entiendo mucho mejor. Ahora que quedo a tomar unas cervezas y a echar unas risas con los amigos y nos dan las tantas. Ahora que casi todas mis llamadas a la gente que quiero y que echo de menos son videollamadas, y si son en grupo mejor.

quedada

Me paso un rato viéndolo jugar al Fortnite. Corre virtualmente por unos prados con otros colegas, todos cargados de armas. Uno es un soldado zombi superfornido que lleva a la espalda, a modo de mochila, un flotador con una colorida cabeza de unicornio y otro va vestido como si fuera a la fiesta de Nochevieja del Círculo. No pregunto, una cosa es que aprenda la lección de humildad y otra que me tenga que venir muy arriba. Hay cosas que, evidentemente, me llegan tarde.

La otra cara de la moneda de la hiperconectividad es la toxicidad. Desde hace unos días me he autoimpuesto una cuarentena interior. He dejado de consultar algunos medios que están a todo menos a informar y a ayudar. He bloqueado cuentas de Twitter y Facebook y he silenciado algunos grupos de grupos de Whatsapp. En otros, sencillamente he dejado de abrir mensajes y vídeos que envían determinados contactos que tengo muy identificados, y evito meterme en algunas discusiones en las que antes entraba de cabeza con gente a la que aprecio.

Aún me salto esta cuarentena a veces, no puedo evitarlo, es mi naturaleza, pero noto que me está haciendo bien y que poco a poco voy doblando la curva de mi agresividad. A ver lo que aguanto.

Cura de humildad