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La amistad

Cena de Navidad 2017 con parte de mi pandilla de Pontevedra
Cena de Navidad 2017 con parte de mi pandilla de Pontevedra

EL 30 de diciembre de 2017, un día antes de que acabase el año, recibo en mi whatsapp un par de fotos de la preciosa niña que una de mis mejores amigas acaba de tener. A mi amiga se le había adelantado el parto varias semanas y su hija quiso ser, por los pelos, cosecha del 2017. Viendo las imágenes de aquella bebé, tan parecida a mi querida amiga, me puse tiernecita y una emoción impropia en mí me reblandeció el alma. Últimamente asisto a un exagerado baby boom, empezando por el de mi propia familia, que, lejos de ponerme tensa o crearme presión con la cocción del arroz, está sirviendo para aplacar mi cada vez más exiguo instinto maternal. 

Mientras adoraba a aquella preciosa creación del amor, y cavilaba sobre el impacto que el cambio de década había supuesto social y personalmente para la mayoría de los que ya soplamos las velas del treinta, empecé a recibir mensajes aterradores de otra buena amiga. El motivo era bien diferente al del feliz alumbramiento. Resulta que su ex novio (no el último de su larga lista, sino el anterior) llevaba varias semanas insistiéndole en que tenía algo importante que decirle. Yo le aseguré que este bandido quería volver con ella, mi divertida-sexy-inteligente y morbosa amiga, aprovechando cual ave carroñera su reciente ruptura. Pero la realidad, como casi siempre, era bastante más interesante. El ex de mi amiga tenía que decirle a la señora con la que se había acostado durante más de cinco años que era gay. Vamos, que se había cambiado de acera después de estar con ella. Y no sólo eso. Toda la expectación era para proponerle un ménage à trois con su nuevo novio, un chico bisexual que estaba más interesado en ella que su propio ex. Mientras mi amiga me enviaba los pantallazos de aquel despropósito y yo caía presa de uno de los ataques de risa más imparables de los últimos tiempos, le eché un capote al ex marica, confesándole mi posible lesbianismo y el amor platónico que siento hacia una camarera de Santiago. Y así llevamos, con estas risas, varios días. 

Las carcajadas y la complicidad con mis amigos, su felicidad, me hicieron sentirme afortunada


El buen rollo ya se llevaba fraguando un tiempo. La semana anterior había tenido lugar la tradicional cena navideña de mi pandilla de Pontevedra, que siempre se hace en la Estafeta e incluye los regalos obligatorios del amigo invisible. Este año el más afortunado fue Kiko, que recibió un lote de productos eróticos para estrenar con su novia Lorena. Los efluvios alcohólicos hicieron efecto y el bailoteo se prolongó hasta las tantas. Dispuestos en círculo, como cuando salíamos en el instituto, bailamos juntos toda la noche (faltaba Kiko, claro, que se fue con Lorena). Tan bien me lo estaba pasando yo, y tanto estaba disfrutando de aquellos momentos de éxtasis, que hasta me fui después de mis amigas Marta y Luci, muy conocidas en la ciudad por recibir los primeros rayos del sol en la Plaza del Teucro. Mi amigo Gonzalo tuvo la deferencia de acompañarme al taxi para que no me violasen, matasen o acosasen antes de llegar a casa. 


Hace tiempo que las Navidades se han convertido en refugio de la nostalgia y empezar el año contenta no entraba en mis planes. Pero las carcajadas y la complicidad con mis amigos, su felicidad (bebés, nuevos amores, nuevos trabajos), me hicieron sentirme tremendamente afortunada y agradecida. Mi excesiva tendencia a la autocompasión me impide muchas veces disfrutar de lo que tengo en busca de un maná que, sinceramente, nunca acaba de llegar. La protagonista del libro de Edith Konecky (A Place at the Table) lo explica así : "Lo más aterrador de la vida reside, creo, en nuestra capacidad para no prestarle atención".

Hace pocos días otra colega me contaba que desde que en su pandilla todas tienen pareja muchos de sus amigos ya no quedan y hacer planes juntos se ha vuelto un tema difícil de gestionar. "¡Qué pasará dentro de diez años, como sigamos así!", se lamentaba. 

Esta semana, mientras me tomaba un café y todos los pinchos que me ofrecieron los camareros (estoy premenstrual y, por tanto, famélica) una señora de unos 70 ocupó la mesa de al lado. Iba acompañada de un apuesto caballero que claramente no era su marido, y con el que se entretenía mucho insultando al Coletas y al travesti de la Cabalgata de Vallecas. Ya me estaba imaginando yo el affaire de Espe (así la bauticé en honor a Esperanza Aguirrre) y su amante jubilado cuando la señora anunció que había dejado al marido en casa porque no quiso ir a tomarse un vino. "Yo no me quedo en casa, mirando como ése duerme en el sofá". Evitar que las exigencias de la vida adulta, de la pareja y de la familia, nos quiten todo el tiempo para la amistad, debería ser obligatorio a cualquier edad. Feliz año y próspera amistad.